Libro el Yoga de Jesus Capitulo IX (El Reino de Dios que está dentro de vosotros) Tercer Escrito y Final.

 

CAPITULO 9 (Tercer Escrito)

 EL REINO DE DIOS QUE ESTÁ DENTRO DE

 VOSOTROS 

La paz interior que primero experimento el devoto en la meditación es su propia alma; la inmensa paz que siente cuando profundiza aún más es Dios.

El devoto que experimenta la unidad con todas las cosas ha establecido a Dios en el templo de su infinita percepción interior. En el templo del silencio, En el templo de la paz, Te encontraré, te sentiré, te amaré. Y al altar de mi paz Tú vendrás.

En el templo del samadhi, En el templo de la dicha, Te encontraré, te sentiré, te amaré. Y al altar de mi dicha Tu vendrás.

Al disiparse los pensamientos inquietos, la mente se convierte de inmediato en un sagrado templo de paz.

Dios insinúa su presencia en el templo del silencio y luego en el templo de la paz. El devoto le conoce primero como la paz que fluye de aquel estado mental en que todos los pensamientos se han transformado en sentimiento intuitivo puro; con el amor de su corazón, conmueve al Señor y le siente como gozo; su amor puro persuade a Dios para que se manifieste en el altar de su percepción de la paz. A medida que avanza, el devoto es consciente de Dios no sólo en la meditación, sino que le mantiene en todo momento en el altar de paz de su corazón. En el templo del samadhi – la unidad con esa paz que constituye la primera manifestación de Dios en la meditación-, el devoto descubre un estado de dicha eternamente renovada, un gozo que jamás se extingue.

La dicha es un estado mucho más profundo que la paz.

Así como una persona muda que bebiera néctar se llenaría de deleite con su ambrosíaco sabor aunque no pudiera describirlo con palabras, así también el éxtasis de la dicha que se percibe en el templo del samadhi lleva a quien lo experimenta a un estado de callada elocuencia. Sólo ese gozo puede satisfacer el innato anhelo del corazón humano.

 

 

Por medio de la paciente y persistente meditación, día tras día y año tras año, el devoto reclama amorosamente de su Señor: 

“¡Ven a mí como gozo en la unión del samadhi y permanece por siempre en mi corazón, en el altar de la dicha!”.

Cuando en nuestro corazón, y en armonía con los corazones de todos aquellos que aman a Dios en el templo interior del silencio y de la dicha, nos regocijamos en el  gozo de nuestro único Bienamado, ese gozo unificado crea un vasto altar de Dios.

Le atañe al hombre como alma practicar ese silencio interior y encontrar a Dios ahora.

Mientras emplea sus sentidos en el cumplimiento de las exigencias de la vida diaria, el devoto conserva dentro de su conciencia este pensamiento:

“Estoy sentado en el trono de paz del silencio interior”.

En medio de la actividad, permanece en un estado de recogimiento interno:

“Soy el dios del silencio sentado en el trono de cada acción”.

Su ecuanimidad no se ve afectada por sentimientos ingobernables: “Soy el príncipe del silencio sentado en el trono del equilibrio”.

Su verdadero Ser, en perfecta armonía con la eternidad, en la vida y en la muerte, expresa con júbilo:

“Soy el soberano de la inmortalidad que reina en el trono del silencio. La destrucción del cuerpo, las ofensas del engaño infligidas al alma, los imperativos de la inquietud y las tribulaciones de la vida no son más que dramas que estoy representando y contemplando como un divino entretenimiento. Tal vez actúe por cierto tiempo, pero siempre, desde el refugio de mi silencio interior, observo con el calmado gozo de la inmortalidad el desarrollo del guión de la vida”.

Si durante la práctica de la meditación el devoto llama una y otra vez a las puertas del silencio, Dios responderá: “Entra. Te hablé en susurro a través de todos los disfraces de la naturaleza y ahora te digo: soy el Gozo, la Fuente viviente del Gozo.

Báñate en mis aguas- lava con esas aguas tus hábitos y purifícate de todo temor-. Forjé un bello sueño para ti; mas, hijo mío, hiciste de él una pesadilla”. Dios no desea que sus hijos continúen siendo hijos pródigos, sino que representen sus papeles en la vida como inmortales, a fin de que al abandonar el escenario de esta tierra pueden decir: “Padre, fue un hermoso espectáculo, pero ahora estoy listo para regresar a mi Hogar”.

Es un pecado contra la naturaleza divina del alma pensar que no existe la posibilidad de ser feliz, y abandonar toda esperanza de hallar la paz; hay que desenmascarar estos pensamientos, considerándolos como errores psicológicos que se originan cuando Satanás interfiere en la mente humana.

La felicidad y la paz infinitas están siempre al alcance de la mano, justo detrás de la cortina de ignorancia del hombre. ¿Cómo sería posible que le fuera vedado por siempre a un ser humano el acceso al reino de Dios, si ese divino reino se halla precisamente dentro de él? Lo único que debe hacer es darle la espalda a la oscuridad del mal y seguir la luz de la bondad.

La felicidad se encuentra tan próxima a nosotros como nuestro propio Ser; no se trata siquiera de alcanzarla, sino sólo de levantar el velo de la ignorancia que envuelve al alma.

La palabra misma “alcanzar” implica algo que uno desea pero que no posee, lo cual es un error metafísico. La dicha es el divino e irrevocable derecho de nacimiento de cada alma.

Rasga ese velo que se interpone entre tú y Dios, y experimentarás de inmediato el contacto con la suprema felicidad.

El Espíritu es felicidad. El alma es el reflejo puro del Espíritu.

El ser humano apegado al cuerpo no puede percibir esta verdad, porque su conciencia está distorsionada: el lago de su mente se agita sin cesar por la invasión de pensamientos y emociones. La meditación aquieta las olas del sentimiento (chitta), de modo que la imagen de Dios como alma gozosa puede reflejarse con claridad en su interior. La mayoría de los principiantes en el sendero que conduce hacia el divino reino interior comprueban que al meditar son presa de la inquietud. Esa es la guarida de Satanás.

El devoto debe escapar por medio de la devoción y de la perseverancia en la práctica del yoga.

“Toda vez que la voluble e inquieta mente se extravíe –cualquiera que sea la razón- debe el yogui retirarla de las distracciones y volverla a poner bajo el exclusivo control del Ser. Sin duda alguna, la mente es voluble y ardua de gobernar, pero a través de la práctica del yoga y el desapasionamiento, ¡oh, Arjona!, la mente puede controlarse, a pesar de todo. Esta es mi promesa: aunque para el hombre indisciplinado la meta del yoga es difícil de alcanzar, aquel que se domine a sí mismo, esforzándose mediante los métodos apropiados, la logrará”.

Es preciso desarrollar el hábito de mantenerse interiormente en la calmada presencia de Dios, a fin de conservar ese estado mental de manera constante, noche y día.

El esfuerzo vale la pena, ya que vivir en la conciencia de Dios es terminar con la esclavitud de la enfermedad, del sufrimiento y del temor. Permanece, simplemente, en la compañía de Dios; esa es la única finalidad de la vida.

Si uno toma la resolución de no irse a dormir por la noche hasta haber meditado y haber sentido la Divina Presencia, descubrirá en su vida una felicidad que supera toda expectativa.

Es necesario hacer el esfuerzo, pero ese esfuerzo nos convierte en reyes sentados en el trono del reino de la paz y del gozo. El tiempo que emplea el hombre en la búsqueda de objetos materiales ajenos a su verdadero Ser es un derroche de las valiosas oportunidades que posee de conocer a Dios.

Te digo esto desde el fondo de mi alma: bienaventurado aquel que toma la determinación de no descansar jamás hasta encontrar a Dios. Experimentar una felicidad interior que perdura sin estar condicionada por influencias externas es prueba evidente de que Dios ha respondido con su presencia.

El único modo de avanzar hacia la comunión divina es meditar con regularidad y con profunda concentración y devoción. La meditación de cada día debe ser más profunda que la del día anterior.

El devoto que convierte la búsqueda divina en un asunto de primordial importancia hallará eterna seguridad en el reino de Dios; ni el más leve asomo de preocupación o de aflicción puede cruzar el umbral de este santuario de silencio donde a nada se le permite entrar, salvo al bienaventurado y amoroso Padre-madre Dios.

Aquel que haya dentro de sí el “amparo del Altísimo” permanece envuelto en la felicidad suprema y la seguridad divina.

Ya sea que se encuentre rodeado de amigos, o esté durmiendo o trabajando, reserva ese sitio exclusivamente para Dios.

Con la conciencia centrada en el Señor, ve descorrerse de súbito los velos concéntricos de maya; henchido de gozo, el devoto comprueba que Dios juega con él al escondite en los capullos de las flores; ve que las estrellas brillan con Luz aún más resplandeciente y que el cielo sonríe con la inmensidad del Infinito.

Cuando sus ojos se hallan espiritualmente abiertos, el devoto contempla que los ojos del Infinito le observan a través de todas las miradas.

En el fondo de todos los amores humanos, siente el supremo amor de Dios. ¡Cuán maravillosa se torna la existencia cuando todos los disfraces de Dios quedan a un lado y el devoto se encuentra cara a cara con el Infinito, en la bienaventurada unidad de la comunión divina! Permanece por siempre embriagado con el Ser Divino y permite que la ola de tu conciencia repose en todo momento en el seno del Océano Eterno.

Cuando uno patalea y chapotea en el agua, no es muy consciente del océano, sino más bien del esfuerzo que está realizando. Por el contrario, cuando uno se entrega y se relaja, el cuerpo flota y, en tal estado, siente que el mar entero lo acaricia.

Ese es el modo en que el devoto que se halla en calma percibe a Dios: siente que el universo entero de la Divina Felicidad se mece suavemente bajo su conciencia. El Reino de Dios está dentro de ti; El está dentro de ti. En el fondo de tus percepciones, de tus pensamientos, de tus sentimientos, justo allí se encuentra El.

Cada partícula de alimento que ingieres y cada soplo de aire que inhalas es Dios. No vives gracias a los alimentos ni al oxígeno, sino gracias a la Palabra Cósmica de Dios.

Todos los poderes que utilizas, ya sean mentales o de acción, los has recibido de Dios. Piensa en El todo el tiempo-antes de actuar, mientras llevas a cabo tus actividades y una vez que las hayas finalizado-. Al cumplir con tus responsabilidades hacia los demás, recuerda sobre todas las cosas tu deber hacia Dios, sin cuyo poder delegado en ti no te sería posible cumplir con responsabilidad alguna. Percíbele oculto en los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto.

Siente su energía en los brazos, las piernas y los piés.

Siéntele como vitalidad en cada exhalación o inhalación.

Siente su poder en tu voluntad, su sabiduría en tu cerebro, su amor en tu corazón. Dondequiera que percibas conscientemente la presencia de Dios, se desvanecerá la ignorancia mortal. Aquellos que son sabios jamás pasan por alto su diaria cita con Dios en la meditación. Establecer contacto con El se convierte en la apasionada meta de su existencia.

Todos los que perseveren con tal clase de sinceridad entrarán en el reino de Dios en esta vida. Quien mora en ese reino es libre por toda la eternidad.

“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. Mateo 7:7-8

 

EL YOGA DE JESUS De Paramahansa Yogananda

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Libro el Yoga de Jesus Capitulo IX (El Reino de Dios que está dentro de vosotros)

CAPITULO 9 (Segundo Escrito)

 EL REINO DE DIOS QUE ESTÁ DENTRO DE VOSOTROS 

Existe una bella concordancia entre las enseñanzas de Jesucristo relativas a entrar en el “Reino de Dios que está dentro de vosotros” y las enseñanzas del yoga expuestas en el Bhagavad Guita por el Señor Krishna acerca de devolverle al Rey Alma –el reflejo de Dios en el ser humano- su justa potestad sobre el reino corporal y su plena realización de los celestiales estados de conciencia espiritual. 

Una vez que el hombre se ha establecido en ese reino interior de conciencia divina, la ya despierta percepción intuitiva del alma rasga los velos de la materia, de la energía vital y de la conciencia, dejando al descubierto la esencia de Dios que se encuentra presente en el corazón de todas las cosas. 

“El reside en el mundo, y todo lo envuelve por doquier; sus manos y pies están presentes en todas partes, al igual que sus ojos, oídos, bocas y cabezas; resplandece en todas las facultades sensorias y, sin embargo, trasciende los sentidos; permanece desapegado de la creación y, no obstante, es el Fundamento de todo; está libre de todas las gunas (modalidades de la naturaleza) y, sin embargo, disfruta de todas ellas. 

“Está dentro y fuera de todo cuanto existe –animado e inanimado-, es cercano y a la vez lejano; es imperceptible por ser tan sutil. “El, el Indivisible, se manifiesta en forma de incontables seres; El los conserva y los destruye, y de nuevo los crea. 

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Libro el Yoga de Jesus Capitulo IX (El Reino de Dios que está dentro de vosotros)



CAPITULO 9

EL REINO DE DIOS QUE ESTÁ DENTRO DE VOSOTROS “Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: “El Reino de Dios no vendrá con observación, ni se dirá: “Vedlo aquí o allá, porque, mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros”. (Lucas 17:21-21).

Jesús se dirige en estos términos al ser humano en su aspecto de eterno buscador de la felicidad perdurable y de la liberación de todo sufrimiento: “El reino de Dios –el reino de la eterna, inmutable, siempre renovada y gozosa Conciencia Cósmica- está dentro de ti. Contempla tu alma como un reflejo del Espíritu Inmortal y descubrirás que tu Ser abarca el imperio infinito de amor divino, sabiduría divina y bienaventuranza divina que está presente en cada partícula de la creación vibratoria, así como en el Absoluto Trascendental no vibratorio”.

Podría afirmarse que las enseñanzas de Jesús acerca del reino de Dios- a veces en lenguaje directo y a veces en forma de parábolas plenas de significado metafísico- son el núcleo del mensaje completo que él impartió.

El Evangelio deja constancia de que, en el comienzo mismo de su ministerio público, “marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva del Reino de Dios”.

Su exhortación a “buscar primero el Reino de Dios” constituye el tema central de su Sermón del Monte. La única oración que – según se sabe- dio a sus discípulos eleva una súplica a Dios: “Venga tu Reino”. Una y otra vez se refirió al reino del Padre Celestial y al método para alcanzarlo: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.

“Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán”.

“Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo”. Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, asi tiene que ser elevado el Hijo del hombre”.

“Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo.

Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna”.

“Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto”. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

Tomadas en conjunto, estas y otras declaraciones de Jesús referidas al reino de Dios permiten comprender de modo más amplio la sencilla afirmación, expresada en estos versículos, acerca de que el reino de Dios no podrá hallarse mediante la “observación”- la utilización de los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto sintonizados con la materiasino por medio del recogimiento interior de la conciencia con el fin de percibir la Divina Realidad “dentro de vosotros”.

“El Reino de Dios no llega en respuesta a la observación sensorial, ni puede ser hallado por quienes dicen:

“Mira, está aquí o allá, en algún lugar entre las nubes”. Concéntrate, más bien, en tu interior y hallarás la esfera de la conciencia de Dios oculta detrás de la conciencia material”.

Mucha gente supone que el cielo es un lugar físico, un remoto punto del espacio situado por encima de la atmósfera o más allá de las estrellas.

Otros interpretan las afirmaciones de Jesús acerca del advenimiento del Reino de Dios como una referencia a la llegada un Mesías que establecerá y gobernará un reino divino en la tierra.

De hecho, el reino de Dios y el  reino de los cielos constan, respectivamente, de las infinitudes trascendentales de la Conciencia Cósmica y de los celestiales reinos causal y astral de la creación vibratoria, los cuales son mucho más sutiles y están más armonizados con la voluntad de Dios que las vibraciones físicas cuyo agrupamiento da lugar a los planetas, al aire y al ambiente terrenal.

Los objetos materiales que conocemos en forma de sensaciones de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto son el producto de la interacción de fuerzas que se originan y existen más allá de la capacidad de observación de la conciencia humana.

El origen primigenio de todos los objetos y vibraciones materiales se encuentra en la Conciencia Cósmica.

La materia es energía física condensada, la energía física es energía astral condensada, y ésta, a su vez, es la fuerza condensada del pensamiento original de Dios.

Por consiguiente, la Conciencia Cósmica se halla oculta tanto en el interior como más allá de las capas constituidas por la materia, la energía física, la energía astral y el pensamiento o conciencia.

Lo mismo que ocurre en el macrocosmos sucede también en el microcosmos del cuerpo humano: la Conciencia Cósmica, cuyo rasgo característico es el gozo siempre renovado y la inmortalidad, es la que ha creado la conciencia humana y, por lo tanto, se encuentra dentro de ella.

Cada alma fue concebida a partir de la infinita Conciencia Cósmica; estas ideaciones individuales del pensamiento de Dios fueron revestidas con otras dos cubiertas de manifestación externa, mediante la condensación de las fuerzas magnéticas causales propias de la conciencia, a fin de engendrar el cuerpo astral de energía vital luminosa y el cuerpo mortal de carne y hueso.

Así pues, el Reino de Dios no está separado del reino de la materia, sino que se halla tanto en su interior- lo impregna sutilmente, dado que es su origen y sostén- como fuera de él, en las mansiones infinitas del Padre, más allá del limitado cosmos físico.

Por eso, Jesús señaló que es en vano buscar el Cielo con la conciencia enfocada en las vibraciones materiales e identificada con las sensaciones y placeres corporales y las comodidades terrenales.

En el reino de la materia y de la conciencia corporal, el ser humano padece enfermedades y sufrimiento físico y mental; si, por el contrario, dirige su atención hacia el reino interior, halla al Confortador, el Espíritu Santo o Vibración Cósmica de OM, manifestado en los sutiles centros cerebroespinales de la conciencia espiritual.

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Libro el Yoga de Jesus Capitulo VIII (La Meta Suprema de la Religión y de la Vida)

CAPITULO 8 

EL AMOR DIVINO (Tercer Escrito)

LA META SUPREMA DE LA RELIGION Y DE LA VIDA

Un renacimiento en el amor a Dios y al prójimo tal como propugnó Jesucristo daría origen a un espíritu de unidad que ayudaría a sanar los males del mundo.

La armonía y la fraternidad llegarán a la tierra a través solo de la comunión con Dios.

Cuando percibimos realmente la Presencia Divina en nuestra propia alma, se despierta en nosotros el amor por el prójimo –judio y cristiano, musulmán e hindú- al tomar conciencia de que nuestro Ser verdadero y el Ser de todos los demás son, por igual, almas o reflejos del único e infinitamente adorable Dios.

Los planes políticos y sociales utópicos producirán escasos beneficios perdurables hasta que la humanidad aprenda la ciencia eterna por medio de la cual los seguidores de todas las religiones pueden conocer a Dios en la unidad de la comunión del alma con el Espíritu. Observar el “primer mandamiento”, como fue expuesto por Jesús, es la obligación central de la vida del hombre; quedan, así, subordinadas y al servicio de dicha observancia la hueste de absorbentes responsabilidades que el ser humano acumula sobre sí. Jesús apoyaba el mandamiento bíblico que dice:

“Honra a tu padre y a tu madre”, pero ama a Dios de manera suprema.

Padre, madre, amigos, seres amados: todos ellos son regalos de Dios. Ama al Amor Unico que permanece oculto detrás de todos los disfraces bondadosos.

Ama a Dios en primer lugar y sobre todas las cosas; de lo contrario, incontables serán las ocasiones en que El visite tu corazón y se marche de nuevo sin que le reconozcas ni le des la bienvenida.

Es de suprema importancia estar con Dios ahora.

Su amor es el único refugio en la vida y en la muerte.

Debes utilizar el tiempo del mejor modo posible. ¿Por qué no aprovecharlo para recobrar tu unidad con el Creador de este Universo, nuestro Padre Infinito?.

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Libro el Yoga de Jesus Capitulo VIII (La Meta Suprema de la Religión y de la Vida)

CAPITULO 8 

EL AMOR DIVINO (Segundo Escrito)

LA META SUPREMA DE LA RELIGION Y DE LA VIDA

El devoto que, aunque sea una vez, haya percibido a Dios en la meditación como alguna de sus manifestaciones tangibles no puede evitar amarle cuando de este modo capta sus arrobadoras cualidades.

La mayoría de las personas nunca aman en realidad a Dios porque saben muy poco acerca de lo cautivante que es el Señor cuando visita el corazón del devoto que medita.

Este contacto genuino con la presencia trascendental de Dios es posible para aquellos devotos resueltos que son constantes en la meditación y perseveran en la oración sincera que brota del alma.

Sólo existe un Origen de todas las capacidades del ser humano: Dios, el Creador del amor con el que amamos, de nuestras almas con las que clamamos por la inmortalidad, de la mente y los procesos mentales con los que nos es posible pensar, razonar y actúar, y de la vitalidad con la cual emprendemos las actividades cotidianas. Deberíamos emplear todos estos dones para realizar, con la máxima energía, un esfuerzo supremo en la meditación con el fin de expresarle nuestro amor a Dios hasta que sintamos conscientemente la manifestación de su respuesta.

El practicante religioso medio racionaliza el cumplimiento de sus obligaciones espirituales mediante rituales mecánicos u oraciones que pronuncia mientras sus pensamientos están en otra parte, o bien con erráticos vagabundeos por la jungla de la teología y del dogma. Quizá procure sentir amor y devoción a Dios en su corazón y enfocar su mente en El, tanto como le sea posible, durante los periodos de oración; tal vez intente amar a Dios “con todas sus fuerzas”, cantando, danzando e incluso rodando energéticamente por el suelo como hacen algunas sectas de los denominados “santos rodadores”. En lo que respecta a amar a Dios con toda el alma, se siente desconcertado, ya que ni siquiera sabe qué es el alma.

El único momento en que percibe algo acerca del alma (y en ese caso, solo de modo inconsciente) es durante el sueño profundo sin ensueños. En este estado, la “fuerza” o energía vital se desconecta de los cinco sentidos y se retira hacia el interior; la conciencia de si mismo como entidad física desaparece.

Por la noche, los seres humanos tienen una vislumbre de su verdadero SER, el alma; cada mañana, al despertar, la mayoría de las personas adopta, una vez más, su errónea identificación como hombre o mujer mortal.

Los intentos de aplicar las enseñanzas de Jesús en forma externa proporcionan por lo general sólo una satisfacción exterior mínima y no la experiencia divina.

Existe, sin embargo, un significado interno de la exhortación a amar a Dios con todo el corazón, la mente, el alma y las fuerzas. Jesús empleó estos sencillo términos bíblicos, pero dio a entender que en ellos se incluye toda la ciencia del yoga, el camino trascendental para alcanzar la unión divina a través de la meditación.

En la India, donde el conocimiento espiritual se había desarrollado durante miles de años antes de la época de Jesús, los sabios que conocían a Dios plasmaron estos conceptos en una filosofía espiritual de amplio alcance con el propósito de guiar a los devotos de manera sistemática en el sendero hacia la liberación.

Cuando una persona hace el esfuerzo de conocer a Dios en el estado meditativo, empleando la sinceridad del corazón y sus más profundos sentimientos, y la intuición del alma, y todos los poderes de concentración de la mente, y toda la energía vital interiorizada (todas sus fuerzas), con seguridad alcanzará el éxito.

El sistema de desarrollo espiritual en el que uno aprende a “amar a Dios con todo su corazón” se conoce en la India como Bhakti Yoga-la unión con Dios por medio del amor y la devoción incondicionales-. El bhakta llega a comprender que lo que hay en el corazón de una persona es lo que determina en qué se concentra: en aquello que ama. Así como el corazón del amante está junto al ser amado y el del ebrio junto a la bebida, así también el corazón del devoto se halla de continuo absorto en el amor por su Bienamado Divino. “Amar a Dios con toda su mente” significa amarle con toda la concentración enfocada en El.

La India se ha especializado en la ciencia de concentrar por completo la mente mediante la práctica de técnicas precisas, de modo que, durante sus prácticas de adoración, el devoto pueda mantener toda la atención en Dios.

Si al ofrendar las plegarias de devoción, la mente gira sin cesar en torno a pensamientos relacionados con el trabajo, la comida, las sensaciones corporales u otras distracciones, no se está amando a Dios con toda la mente.

La Biblia enseña: “Orad constantemente”; la ciencia del yoga originaria de la India ofrece el método efectivo para adorar a Dios con la mente concentrada por completo.

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