ESCRITO II ELCONOCIMIENTO.- EL DESTINO

ESCRITO II ELCONOCIMIENTO.- EL DESTINO
Caminaba por los lugares de Nazaret en los que el Maestro, siglos atrás, dejó una huella imborrable, no en una piedra o en escritos, sino en los corazones de quienes vivieron junto a Él…
De sus años de infancia junto a sus padres y hermanos nada nos decía. Era María quien se deshacía en halagos por su hijo y Él se ruborizaba; nos hablaba de su timidez siempre presto a ayudar a los mayores; de sus primeros trabajos con José en el taller disfrutando siempre con todo lo que hacía.

«Se solía sentar —nos indicaba María— sobre una roca junto a la casa a observar a los demás niños en sus juegos, siempre acababa jugando ante mi insistencia.

Pero lo que más le gustaba era, ya al atardecer, ver el ocaso del Sol y cómo las estrellas iban asomando en el cielo. ¿Hay niños en ellas?, solía preguntarme
siendo muy pequeño.

Yo me encogía de hombros, no sabía que
contestarle, mas fue Él un día quien ante tal pregunta respondió diciendo: “Yo vengo de una estrella”. Le dije que no se lo expresara a nadie pues le acabarían apedreando en la plaza.

Me respondió con una sonrisa.

Así era Él ―continuó—, siempre enigmático, no obstante pura amabilidad. Siempre atento a las historias, que le contaba José mientras le ayudaba, sobre cómo llegaron a estas tierras nuestros antepasados; del esfuerzo de su pueblo por encontrar la Tierra Prometida por Dios.

Él se quedaba embelesado y siempre quería
saber más, su curiosidad no tenía límite…
De este modo transcurría su infancia y adolescencia, hasta que un día nos explicó que debía ocuparse de otros asuntos.

Yo creía que quería contraer matrimonio, pues ya estaba en edad de ello.

Él me aclaró que los asuntos eran los referentes a su Padre.

Yo estaba contenta, y así se lo manifesté, de que decidiera entonces dedicarse por completo a la carpintería.

En aquel momento su semblante cambió y me dijo:

“Debo dedicarme a los asuntos de mi Padre, el de todos”.

Sabía de siempre de sus inquietudes espirituales. Le pregunté si pensaba dedicarse al sacerdocio, me contestó: “Los sacerdotes ya me enseñaron cuanto sabían y ahora debo de retirarme por un tiempo al desierto al encuentro con mi Padre, después volveré a compartir sus enseñanzas”.
Un día, ya entrado el otoño, salió de casa camino al desierto, solo ―sus ojos se humedecían al recordarlo.
Todo un hombre nos decía y sin embargo no dejaba de ser
mi niño quien se alejaba; era su destino, José y yo debíamos respetarle y así lo hicimos.»
Y aquí está Él ahora…, otra vez con los suyos y con algunos más a quienes nos considera y nos consideramos sus hermanos; disfrutando de la sencillez de un día como cualquier otro, y sin embargo, único e irrepetible.

EL ANCIANO JUAN

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ESCRITO II ELCONOCIMIENTO.- La Madre

ESCRITO II ELCONOCIMIENTO.- La Madre
Llegamos a Nazaret al mediodía.

Desde que despertamos no
articulamos palabra, aún nos encontrábamos bajo el influjo de lo visto y oído en la noche.

El Maestro nos dejó descansar hasta bien amanecido el día, sabía que teníamos que digerir lo vivido en
silencio.

Y como siempre, dejó que las aguas volvieran a su cauce
con calma.

Los ojos del Maestro exultaban vida y, aunque siempre sonreía, ahora desbordaba alegría. Su madre —María—, la encontramos en la plaza ensimismada en la adquisición de especias, éstas le apasionaban.

Siempre experimentaba en los guisos y el Maestro
era su conejillo de indias y Él acababa siempre diciendo: “Madre,
es el amor con que lo preparas el mejor condimento”.
Él se acercó sigiloso a su madre por detrás y le tapó los ojos con las manos, ella se volvió rápidamente, bien sabía quién era.

Desde niño, cada vez que podía sorprenderla, sus encuentros se producían del mismo modo.

Se abrazaron. Hacía meses que no se
veían y las noticias que llegaban eran confusas y siempre
temiendo que su hijo cayera en manos de los romanos, o peor aún de Herodes, rey de Judea, pues su fama de crueldad no tenía límite.

Entramos en el hogar del Maestro, de María; una morada
humilde como todas las de Nazaret, donde los años transcurrían con lentitud y nada parecía cambiar.

El taller de José seguía activo aún después de su muerte. Santiago, hermano del Maestro, se encargó de proseguir los trabajos a la partida de éste.
Ya sentíamos la necesidad de encontrarnos en casa y aquí se hacía realidad.

Un poco de reposo y la mano de una madre se
echaban en falta.

María nos trataba como a sus hijos, siempre pendiente de todo.
Al atardecer, el Maestro volvía de caminar junto a los olivares.
Nos encontrábamos charlando, se sentó con nosotros.
«Recuerda Madre —comenzó Él a hablarnos— que hace un tiempo te manifesté la necesidad de dedicarme a los asuntos de mi Padre —ella aseveró con un gesto.
Tú, Madre, junto a mi Padre, me disteis la vida; me tuviste en tus entrañas, aun teniendo carencias me alimentaste. Los latidos de tu corazón eran para mí como los rayos del Sol, siempre sentía tu calor y tus manos me calmaban cuando me agitaba.
Los meses pasaban, los dos sabíamos que un día dejaría tu hogar para seguir creciendo en uno mayor y seguir construyendo el nuestro.

No pensaste en ti en ese tiempo, tu deseo era que naciera
fuerte y sano, te entregaste por completo a tan digna labor.
Y así fue como un día vi la luz de este mundo. Un mundo que al igual que tú, ahora nos acoge a todos en sus entrañas; nos alimenta; nos cuida y nos ve crecer sabiendo que un día sentirá los dolores del parto.

Dolores que vivirá con amor, pues sabe de
nuestro deseo de seguir progresando y que una nueva vida es continuar con los lazos que nos unen y que nunca se separaran.
Nuestra Madre siempre irá con nosotros allá donde vayamos.
Adoptará un nuevo rostro al igual que nosotros y crecerá con nosotros, pues Ella y nosotros somos un solo ser.
El momento del parto se acerca y el dolor no será más que un abrir y cerrar de ojos; es solamente el miedo ante la
incertidumbre, el del abandono de la seguridad en el seno materno por un mundo nuevo a descubrir.
Nada hemos de temer pues al igual que Ella, nuestro Padre nos cuida y está siempre con nosotros y en nosotros.

No temamos al crecimiento, todo nuestro ser se expande pues ese es el deseo de nuestro Padre, nuestra Madre y el nuestro también.
Cuando éramos niños queríamos ser como nuestros padres; descubrir nuevas tierras; encontrar respuestas a preguntas milenarias; ayudar a convertir el sufrimiento en gozo, dar un paso más en ese sentido hacia nuestra meta.
Un impulso invisible nos empuja siempre hacia delante.
Tomemos la antorcha que nuestros padres nos dan y no dejemos que nunca se apague la llama que nos ilumina el camino hacia el Reino de Dios. Ellos siempre irán con nosotros.
Nuestro cuerpo cada vez será más glorioso y nuestro Espíritu gozoso de habitarlo.»

Tras las palabras del Maestro, Pedro y María de Magdala se
levantaron saliendo de la estancia, al poco volvieron con una sabrosa y sencilla cena preparada por María.
―¡Nada como el amor de una madre! —exclamó Juan.
Todos nos reímos.

EL ANCIANO JUAN

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ESCRITO II EL CONOCIMIENTO.- La Llama


ESCRITO II EL CONOCIMIENTO.- La Llama
Desperté en un mundo inundado por la Luz y al respirar sentí
como ésta entraba y llenaba mis pulmones. Todo mi ser vibraba,
cuanto más respiraba más vivo me sentía.
Miré al cielo. Un Sol, que no era uno sino tres, alumbrando en el
cenit de su gloria; podía contemplarle, su Luz no deslumbraba.
Tuve hambre y escuché una Voz diciendo:
—¡Toma este alimento!
Nada vi a mi alrededor.
—¡Escucha!
Así lo hice. Comencé a percibir un sonido que parecía provenir
de todas partes y de ninguna a la vez. Éste se hacía cada vez más
intenso. Cerré mis ojos y percibí la Luz dentro y fuera de mí. Y el
sonido fue mezclando las “dos” Luces hasta que se convirtieron
en una sola. Dejé de sentir hambre y yo ya no era yo sino la Luz.
No existían dentro ni fuera.

Todo a mi alrededor cambió en un instante, ya no había un Sol en su cúspide, sino que estaba en mí. ¡Era yo! Vi ante mí que aparecía una Luz intensa y una Voz procedente de ella me habló:
«Yo Soy el principio de Todo. Yo Soy la Madre y el Padre. Soy la Vacuidad. Sin Mí no eres nada, sin ti nada Soy.
Yo Soy Tú como tú eres Yo. Aunque Me veas frente a ti, no
creas lo que tus ojos ven, pues estoy dentro de ti. Es sólo una proyección de ti mismo para que creas, al igual que los mundos son tu reflejo y todo cuanto vive en ellos eres tú. Tu creación y tú sois uno.

Sois el recipiente y el agua de Vida que la llena.
Yo soy tu Espíritu y tú eres mi Cuerpo. Soy tu Cuerpo y tú mi
Espíritu, no hay dos sino Uno, nada existe fuera del Uno.

Y sin embargo necesitas vivir en la ilusión, en la dualidad, para encontrarme, para encontrarte, mas a partir de ahora vive sabiendo quién eres y quienes sois todos.
Sois mi Cuerpo de Luz Infinita y Yo el Sonido que le alimenta por siempre.»
Continuó diciendo:
«Aquellos que están cansados y agobiados encontrarán reposo en mi Palabra.
No me busquéis fuera. Yo, vuestro Padre, estoy en cada uno de vosotros.
Sólo has de escuchar. Concédeme un minuto de tu tiempo. Al principio dudarás, me negarás y por fin me sentirás, me verás en la naturaleza, en todo el espacio que te rodea, en los animales, en tus hermanas y hermanos…
En ti nacerá una llama que nunca se apagará, pues es el regalo que os hice y es eterna como lo soy Yo, como lo eres Tú.
La Promesa de mi Hijo se cumplirá. Y mi Palabra se cumplirá.
Él, está ya entre vosotros.
Ahora ve y escribe cuanto has visto y oído.»
La Voz enmudeció, la Luz que se encontraba frente a mí se
aproximó y se fundió conmigo.
Un estallido se produjo, después la nada lo colmó todo.

Me encontré despertando en la cima del Monte Tabor.

El Sol despuntaba en el horizonte.
Las campanas repicaron extendiendo su melodiosa canción por los confines de la Tierra.
Un intenso sentimiento de gozo brotaba en mí, mi corazón habló:
¡Gracias Padre, gracias Madre por este nuevo día!
EL ANCIANO JUAN

ESCRITO II EL CONOCIMIENTO.- LA PALABRA

ESCRITO II EL CONOCIMIENTO.- LA PALABRA
“ … Su Luz nos envolvió y nos sumimos en un dulce sueño”.
Y en medio de la Luz que alumbró la noche de los tiempos una
Voz escuché diciendo:
«Dios Padre.
Eterno Omnipotente.
Inmutable.
Inmanifestado.
Inmortal.
Perpetuamente Presente.
En su incognoscible meditación se preguntó: ¿Quién Soy?
Y en el Vacío no tuvo respuesta.
Quiso entonces Conocerse a sí mismo.
En el acto incomparablemente más sublime que cualquier ser
creado pueda imaginar ÉL se negó a sí mismo y se entregó por
completo a encontrar la respuesta.
Pronunció La Palabra y la Vida fue creada.
Así nació:
La Diosa revelada.
La Eterna cambiante.
La Madre del Universo, de todo lo conocido y lo cognoscible.
Y tanto amó Dios Padre a Diosa Madre que se hizo Uno con
Ella.
Y del fruto de esa Unión nacieron dos Hijos gemelos, creados a
imagen y semejanza de Ellos y poniéndoles por nombre:
VOLUNTAD a Él y AMOR a Ella.
Diosa Madre les regaló, para que vivieran y encontraran la
respuesta, un Hogar: el Gran Universo.
Dios Padre les regaló todo su tiempo: la Eternidad.
Y les dijeron:

―Vivid siempre juntos y sed felices, amaos y creced, conoceos
y multiplicaros. Porque conociéndoos y amándoos es como nos
conoceréis y nos amaréis. Y sabiendo quienes sois, sabréis
quienes somos.
VOLUNTAD DIVINA y AMOR SUPREMO se miraron,
tomáronse de la mano aceptando los regalos de su Madre y su
Padre.


VOLUNTAD DIVINA y AMOR SUPREMO emprendieron
el viaje hacia el CONOCIMIENTO ABSOLUTO.
A su llegada al Hogar vivieron, y viven, en un Mundo perfecto
en el centro del Gran Universo, cuyo eje gira sobre sí mismo en
un eterno equilibrio, donde el tiempo y el espacio se unen.
Alrededor suyo giraban siete Universos vacíos y desconocidos
para ellos.
VOLUNTAD DIVINA y AMOR SUPREMO como resultado
de su Voluntad y Amor se hicieron UNO y tuvieron siete Hijas y
siete Hijos gemelos, creados a su imagen y semejanza. 

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ESCRITO I (segunda parte) EL AMOR .- (omega) LA TRANSFIGURACIÓN

ESCRITO I (segunda parte) EL AMOR .- (omega) LA TRANSFIGURACIÓN
Un monje franciscano se acercó sentándose junto a mí.
—¡Bonito espectáculo! ¿Verdad?
―Sí —le contesté—, esta es una noche en la que los astros se
conjugan para hablarnos de la grandeza de nuestro Creador.
—¡Seguramente en una noche como esta, Dios se mostró en
todo su magnitud en este monte! —continuó.
―No lo dudes —le confirmé—, debió ser una noche que nunca
olvidarían quienes con Él estuvieron. Fue la constatación de la
gloria de Dios manifestada en el Maestro y la esperanza para una
humanidad perdida en los laberintos de la ignorancia.
Volví a viajar en el tiempo…

Nuevamente el Maestro fue el primero en despertar, dormía
poco, y sin embargo amanecía lozano. María de Magdala no se
quedaba a la zaga y siempre era yo el último en despegarme del
suelo.
Aún con los colores del amanecer reflejado en las nubes
comenzamos a caminar.
Varios pensamientos cruzaban mi mente… ¿Hacia dónde nos
dirigíamos? ¿A Nazaret, o a algunas de las aldeas junto al mar de
Tiberiades? ¿Quizás Betsaida? Así vería a mi familia…
El Maestro los cortó diciendo:
—Vamos al monte Tabor, junto a Nazaret.
Nada dije y en un buen rato ya no volví a pensar.

El Sol quedaba a nuestra espalda mientras ascendíamos por el
camino a la cumbre del monte Tabor. Desde su cima divisábamos
las colinas donde se asienta la aldea de Nazaret. El Maestro se
quedó un largo rato mirándolas.
Aprovechamos para acomodarnos en una choza, seguramente
construida por pastores; estaba repleta de paja y nos haría más
cómodo el lecho. María y yo nos ocupamos de prepararlo. Pedro
mientras buscaba un poco de leña, así se lo pidió el Maestro, pues
nos aseguró que la noche sería larga.
Sentados junto al fuego —Pedro era experto en conseguirlo—
compartimos un poco de pescado seco. Hablamos sobre cómo se
encontrarían los hermanos que se quedaron en Jerusalén. 

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