Libro UNA NUEVA TIERRA (ECKHART TOLLE ) Capitulo–X (Primer Escrito)


CAPÍTULO X (Primer Escrito)
UNA NUEVA TIERRA 
Los astrónomos han descubierto evidencia que parece indicar que el universo comenzó a existir hace quince mil millones de años, nacido de una explosión gigantesca, y que se ha venido expandiendo desde entonces. 
No solamente se ha estado expandiendo sino que su complejidad y su diferenciación han ido aumentando cada vez más. 


Algunos científicos también postulan que este movimiento desde la unicidad hasta la multiplicidad dará marcha atrás con el tiempo. 
Entonces cesará la expansión y el universo comenzará a contraerse nuevamente para volver a lo inmanifiesto a la nada inconcebible de la cual se originó, y quizás repita los ciclos de nacimiento, expansión, contracción y muerte una y otra vez. ¿Con qué fin? “¿Por qué molestarse el universo en existir?” pregunta el físico Stephen Hawking, reconociendo al mismo tiempo que no hay modelo matemático alguno que pueda dar la respuesta. 
Sin embargo, si miramos hacia el interior en lugar del exterior únicamente, descubrimos que tenemos un propósito interno y otro externo, y puesto que somos un reflejo microcósmico del macrocosmos, debemos concluir que el universo también tiene un propósito interno y otro externo inseparables de los nuestros. 
El propósito externo del universo es crear la forma y experimentar la interacción de las formas (el juego, el sueño, el drama, o como queramos llamarlo). 
Su propósito interno es despertar a su esencia informe. 
Después viene la reconciliación entre ambos propósitos: traer la esencia (la conciencia) al mundo de la forma y, por ende, transformar el mundo. 
El propósito último de esa transformación está más allá de la imaginación o la comprensión de la mente humana. 
Y, no obstante, esa transformación es la tarea que se nos ha asignado en este momento en este planeta. Es la reconciliación del propósito externo y el interno, la reconciliación entre Dios y el mundo. Antes de examinar la relevancia de la expansión y la contracción del universo para nuestra propia vida, debemos tener presente que nada de lo que digamos sobre la naturaleza del universo debe tomarse como verdad absoluta.


El infinito no puede explicarse a base de fórmulas matemáticas o de conceptos. Ningún pensamiento puede encapsular la inmensidad de la totalidad. 
Aunque la realidad es un todo unificado, el pensamiento la corta en fragmentos. 
Esto da lugar a los errores fundamentales de la percepción, por ejemplo, que hay cosas y sucesos independientes, o que esto es la causa de aquello. 
Todo pensamiento implica un punto de vista, y todo punto de vista, por su naturaleza, implica limitación, lo cual significa en últimas que no es verdad, o por lo menos no en términos absolutos. Solamente el todo es verdad, pero el todo no puede verbalizarse ni pensarse. 
Visto más allá de las limitaciones del pensamiento y, por tanto, incomprensible para la mente humana, todo sucede en el ahora. Todo lo que ha sido o será es el ahora y está por fuera del tiempo, que es una construcción mental. 
Para ilustrar lo relativo y lo absoluto, tomemos como ejemplo el alba y el ocaso. Cuando decimos que el sol sale por la mañana y se oculta por la tarde, estamos diciendo una verdad relativa. 
En términos absolutos, es falso. 
Es solamente desde la perspectiva limitada de un observador que esté en la superficie de la Tierra que se puede afirmar que el sol sale y se oculta. 
Si estuviéramos lejos en el espacio, veríamos que el sol no sale ni se oculta, sino que brilla continuamente. Sin embargo, aún sabiendo ese hecho, podemos seguir hablando del alba y el ocaso, apreciar su belleza, pintarlos, escribir poemas sobre ellos, a pesar de saber que es una verdad relativa y no absoluta. 
Entonces, sigamos refiriéndonos por un momento a otra verdad relativa: la manifestación del universo a través de la forma y su retorno a lo informe, lo cual implica la perspectiva limitada del tiempo, y veamos su relevancia para nuestra propia vida. 
Claro está que la noción de “nuestra propia vida” es otro punto de vista limitado producto del pensamiento, otra verdad relativa. 
En últimas, “nuestra propia vida” no existe, puesto que nosotros y la vida no somos dos sino uno. 
UNA BREVE HISTORIA SOBRE NUESTRA VIDA 
La manifestación del mundo lo mismo que su retorno a lo inmanifiesto, su expansión y contracción, son dos movimientos universales que podríamos considerar como el abandono del hogar y el regreso a él. 
Estos dos movimientos se reflejan en todo el universo de muchas maneras, por ejemplo la expansión y la contracción incesantes del corazón y la inhalación y exhalación de la respiración. También se reflejan en los ciclos de sueño y vigilia. Todas las noches, sin saberlo, regresamos a la Fuente inmanifiesta de toda la vida cuando entramos en la etapa de sueño profundo donde o soñamos, y emergemos nuevamente renovados en la mañana. 
Estos dos movimientos, la salida y el regreso, se reflejan también en los ciclos de vida de cada persona. 
Sin saber cómo ni cuándo aparecemos en este mundo. 
Después del nacimiento viene la expansión. 
No solamente crecemos físicamente sino también en conocimiento, actividades, posesiones y experiencias. 
Nuestra esfera de influencia se expande y la vida se torna cada vez más compleja. 
Es la etapa en la cual nuestro interés primordial es hallar y perseguir nuestro propósito externo. 
Por lo general hay un crecimiento concomitante del ego, es decir, la identificación con todas las cosas anteriores, de tal manera que se acrecienta la definición de nuestra identidad con la forma. 
También es la época en la cual el ego tiende a adueñarse del propósito externo (el crecimiento) y el ego, a diferencia de la naturaleza, no sabe cuándo parar en su búsqueda de la expansión y tiene un apetito voraz por más. 
Y entonces, justo cuando pensábamos haber logrado nuestro cometido o que pertenecíamos a este mundo, se inicia el movimiento de retorno. Quizás comiencen a morir las personas que nos rodean, las personas que formaron parte de nuestro mundo. 
Entonces se debilita nuestra forma física y se contrae nuestra esfera de influencia. En lugar de ser más, nos volvemos menos, y el ego reacciona ante esa situación cada vez más con mayor angustia y depresión. Nuestro mundo comienza a contraerse y descubrimos que ya no lo controlamos. 
En lugar de actuar en la vida, la vida actúa sobre nosotros reduciendo gradualmente nuestro mundo. 
La conciencia que se identificó con la forma experimenta el ocaso, la disolución de la forma. Y entonces, un día, también desaparecemos. Nuestro sillón está todavía allí, pero en lugar de estar sentados en él, no es más que un espacio vacío. Regresamos al sitio de donde salimos apenas unos cuantos años atrás. La vida de cada persona (todas las formas de vida en realidad) representa un mundo, una forma única en la que el universo se experimenta a sí mismo. Y cuando nuestra forma se disuelve se acaba un mundo, uno entre un sinnúmero de mundos. 
EL DESPERTAR Y EL MOVIMIENTO DE RETORNO 
El movimiento de retorno en la vida de una persona, el debilitamiento o la disolución de la forma, ya sea a causa de la edad, la enfermedad, la incapacidad o alguna otra forma de tragedia personal, encierran un enorme potencial para el despertar espiritual: suspender la identificación con la forma. Puesto que es tan escasa la verdad espiritual en nuestra cultura contemporánea, no muchas personas ven en el movimiento de retorno una oportunidad, de manera que cuando sobreviene o le sucede a alguien cercano, piensan que se trata de algo espantoso que no debería estar sucediendo. 
En nuestra civilización hay una enorme ignorancia sobre la condición humana y, mientras mayor es la ignorancia respecto de las cosas espirituales, mayor es el sufrimiento. 
Para muchas personas, especialmente en Occidente, la muerte no es más que un concepto abstracto, de tal manera que no tienen la menor idea de lo que le sucede a la forma humana cuando se aproxima a la disolución. 
A la mayoría de las personas decrépitas y ancianas se las encierra en instituciones. 
Los cadáveres, los cuales, en algunas culturas se exponen para que todo el mundo los vea, se ocultan de la vista. 
Basta con intentar ver un cadáver para descubrir que es prácticamente ilegal, salvo si el muerto es un familiar cercano. En las funerarias hasta maquillan el rostro del cadáver. 
Lo único que se nos permite ver es una imagen higienizada de la muerte. 
Puesto que la muerte es solamente un concepto abstracto, la mayoría de las personas no están en absoluto preparadas para la disolución de la forma que les espera. 
Cuando se aproxima produce espanto, incomprensión, desesperación y un miedo enorme. 
Ya nada tiene sentido porque todo el significado y el propósito de la vida estaban asociados con la acumulación, el éxito, la construcción, la protección y la gratificación. 
La vida se asociaba con el movimiento de expansión y la identificación con la forma, es decir, el ego. La mayoría de las personas no conciben que tenga significado alguno el hecho de que su vida y su mundo se estén derrumbando. 
Y, sin embargo, allí hay un significado todavía más profundo que en el movimiento de expansión. 
Era precisamente a través de la llegada de la vejez, de una pérdida o de una tragedia personal que tradicionalmente solía aparecer la dimensión espiritual en la vida de una persona. 
Es decir, el propósito interno emergía solamente cuando el propósito exterior se desmoronaba y se quebraba el cascarón externo del ego. 
Esos sucesos representan el comienzo del movimiento hacia la disolución de la forma. La mayoría de las culturas antiguas seguramente comprendían intuitivamente este proceso, razón por la cual reverenciaban y respetaban a los ancianos. 
Eran los depositarios de la sabiduría y representaban la dimensión de la profundidad sin la cual ninguna civilización puede sobrevivir durante mucho tiempo. 
En nuestra civilización, que está totalmente identificada con lo externo y desconoce la dimensión interna del espíritu, la palabra “anciano” tiene muchas connotaciones negativas. 
Es una ofensa decir que una persona es vieja. Para evitar la palabra, usamos eufemismos como “personas mayores” o de la “tercera edad”. La figura de la “abuela” entre los pueblos indígenas posee una gran dignidad. 
La “abuelita” de hoy es, cuando más, graciosa.
¿Por qué se considera inútiles a los ancianos? Porque en la ancianidad, el énfasis ya no está en el hacer sino en el Ser y nuestra civilización, perdida en el hacer, no sabe nada sobre el Ser. 
Pregunta: ¿Ser? ¿Para qué sirve? 
En algunas personas, el inicio aparentemente prematuro del movimiento de retorno, la disolución de la forma, parece perturbar severamente el movimiento de crecimiento expansivo. En algunos casos, es una perturbación transitoria mientras que en otros es permanente. 
Pensamos que un niño no tiene por qué enfrentar la muerte, pero el hecho es que algunos niños deben enfrentarse a la muerte de uno de sus padres o de ambos por enfermedad o accidente, o hasta la posibilidad de su propia muerte. 
Algunos niños nacen con una incapacidad que limita severamente la expansión natural de su vida. 
O una limitación severa se presenta en la vida a una edad relativamente temprana.
Esa perturbación del movimiento expansivo en un momento en el cual no “tendría porqué estar sucediendo” también encierra el potencial de generar el despertar espiritual. 
En últimas, las cosas que deben suceder, suceden; lo que quiere decir que no hay nada de lo que sucede que no sea parte del gran todo y de su propósito. 
Así, la perturbación o la destrucción del propósito externo puede ser el camino para hallar el propósito interno y para el florecimiento de un nuevo propósito externo en consonancia con el interno. 
Los niños que han sufrido mucho por lo general se convierten en jóvenes muy maduros para su edad. Lo que se pierde en el nivel de la forma se gana en el nivel de la esencia. 
En la figura tradicional del “clarividente ciego” o del “sanador herido” de las culturas y las leyendas antiguas, una gran pérdida o incapacidad en el nivel de la forma se convierte en la puerta hacia el espíritu. 
Después de experimentar directamente la naturaleza inestable de todas las formas es muy probable que nunca más les atribuyamos un valor excesivo y tampoco que nos perdamos buscándolas a ciegas o en nuestro apego a ellas. 
La disolución de la forma y la ancianidad en particular representan una oportunidad que apenas comienza a reconocerse en nuestra cultura contemporánea. Desafortunadamente, la mayoría de las personas dejan pasar la oportunidad porque el ego se identifica con el movimiento de retorno de la misma manera que se identificó con el movimiento de expansión. 
Esto hace que el cascarón del ego se endurezca y se encoja en lugar de abrirse. Entonces, el ego disminuido pasa el resto de sus días lamentándose o quejándose, atrapado en el miedo o la ira, la autocompasión, la culpa u otros estados mentales y emocionales negativos, o recurriendo a estrategias evasivas como apegarse a los recuerdos, y pensar y hablar sobre el pasado. 
Cuando el ego deja de identificarse con el movimiento de retorno, la vejez o la cercanía de la muerte se convierte en lo que debe ser: una puerta hacia la dimensión del espíritu. 
He conocido ancianos que eran verdaderas encarnaciones de ese proceso. Irradiaban luz, su forma debilitada había adquirido traslucidez para dar paso a la luz de la conciencia. En la nueva tierra, la vejez será reconocida universalmente y valorada como la etapa para el florecimiento de la conciencia. Para quienes se encuentren perdidos todavía en las circunstancias externas de la vida, será una etapa para regresar tardíamente a su hogar cuando despierten a su propósito interno. Para muchas otras personas, representará la intensificación y la culminación del proceso de despertar.
EL DESPERTAR Y EL MOVIMIENTO DE EXPANSIÓN 
Tradicionalmente, el ego ha usurpado y utilizado para sus propios fines el crecimiento natural de la vida que viene con el movimiento de expansión. “Mira lo que yo sé hacer, apuesto a que tú no puedes hacerlo”, le dice un niño a otro cuando descubre la creciente fuerza y destreza de su cuerpo. 
Se trata de uno de los primeros intentos del ego por destacarse identificándose con el movimiento expansivo y el concepto de ser “más que los demás”, y fortalecerse disminuyendo a los demás. 
Claro está que es solamente el comienzo de la larga serie de percepciones erróneas del ego. Sin embargo, a medida que se acrecienta la conciencia y el ego pierde el control sobre la vida, no es necesario esperar para que el mundo se contraiga o se derrumbe a causa de la vejez o de la tragedia personal a fin de despertar al propósito interno. 
A medida que emerge la nueva conciencia en el planeta es cada vez más grande el número de personas que no necesitan un sacudón doloroso para despertar. 
Se acogen voluntariamente al proceso de despertar mientras continúan activas en su ciclo de crecimiento y expansión. Cuando el ego pierde su posición de usurpador en ese ciclo, la dimensión espiritual se manifiesta en el mundo a través del movimiento expansivo (el pensamiento, las palabras, las obras, la creación) con tanta intensidad como lo hace en el movimiento de retorno (la quietud, el Ser y la disolución de la forma). 
Hasta ahora, el ego ha distorsionado y utilizado equivocadamente la inteligencia humana, la cual es apenas un aspecto minúsculo de la inteligencia universal. 
Es lo que denomino “la inteligencia al servicio de la locura”. 
Se necesita una inteligencia superior para dividir el átomo. Usar esa inteligencia para construí y acumular bombas atómicas es demencia o, en el mejor de los casos, lo menos inteligente que hay. 
La estupidez es relativamente inofensiva, pero la estupidez inteligente es altamente peligrosa. 
Esta estupidez inteligente, de la cual encontramos un sinnúmero de ejemplos obvios, amenaza la supervivencia de nuestra especie. 
Sin el impedimento de la disfunción del ego, nuestra inteligencia entra en alineación perfecta con el ciclo expansivo de la inteligencia universal y su ímpetu creador. 
Nos hacemos partícipes conscientes de la creación de la forma. No somos nosotros los creadores sino los vehículos de la inteligencia universal. 
No nos identificamos con aquello que creamos, de manera que no nos perdemos en lo que hacemos. Aprendemos que en el acto de la creación interviene una energía de la más alta intensidad, pero que no genera tensiones ni representa un “arduo esfuerzo”. 
Debemos comprender la diferencia entre la tensión y la intensidad, como veremos más adelante. 
La lucha o la tensión es señal de que el ego ha regresado, como lo son también las reacciones negativas frente a los obstáculos. La fuerza que impulsa los deseos del ego crea “enemigos”, es decir, unas reacciones que se manifiestan en fuerzas opuestas de igual intensidad. Mientras más fuerte es el ego, mayor es el sentido de separación con respecto a los demás. 
Las únicas actuaciones que no provocan reacciones opuestas son las encaminadas a lograr el bien colectivo. Son incluyentes en lugar de excluyentes. Unen en lugar de separar. 
No son por “mi” país sino por toda la humanidad, ni por “mi” religión sino por el surgimiento de la conciencia de todos los seres humanos, no por “mi” especie, sino por todos los seres vivos y toda la naturaleza. 
También estamos aprendiendo que la acción, si bien es necesaria, es solamente un factor secundario a la hora de manifestar nuestra realidad externa. 
El factor primordial de la creación es la conciencia. 
Por muy activos que seamos, por muchos esfuerzos que realicemos, es el estado de conciencia el que crea nuestro mundo y si no hay un cambio en ese nivel interno, nada lograremos por mucho que hagamos. 
Solamente crearemos versiones modificadas del mismo mundo una y otra vez, un mundo que sería el reflejo externo del ego.

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