Libro UNA NUEVA TIERRA (ECKHART TOLLE ) Capitulo-VIII (Segundo Escrito)


CAPITULO VIII (Segundo Escrito)

CÓMO RECONOCER EL ESPACIO INTERIOR 
El espacio entre los pensamientos probablemente se haya manifestado esporádicamente en su vida sin que usted se haya percatado. 
Para la conciencia obnubilada por las experiencias y condicionada para identificarse exclusivamente con la forma, es decir, para la conciencia del objeto, es casi imposible reconocer el espacio en un principio. 
Esto implica que es imposible tomar conciencia de nosotros mismos porque siempre estamos conscientes de alguna otra cosa. La forma nos distrae continuamente.


Hasta en los momentos en que nos parece estar conscientes de nosotros mismos nos hemos convertido en un objeto, una forma de pensamiento, de modo que tomamos conciencia de un pensamiento, no de nosotros mismos. 
Al oír hablar del espacio interior quizás usted se disponga a buscarlo, pero si lo busca como si se tratara de un objeto o una experiencia, no podrá encontrarlo. Ese es el dilema de todas las personas que buscan la realización espiritual o la iluminación. Jesús dijo, “El reino de Dios no vendrá con señales que puedan observarse; tampoco dirán, ‘Ha llegado’ o ‘Aquí está, porque el reino de Dios está entre ustedes”.
Cuando no pasamos la vida insatisfechos, preocupados, nerviosos, desesperados o agobiados por otros estados negativos; cuando podemos disfrutar las cosas sencillas como el sonido de la lluvia o del viento; cuando podemos ver la belleza de las nubes deslizándose en el cielo o estar solos sin sentirnos abandonados o sin necesitar el estímulo mental del entretenimiento; cuando podemos tratar a los extraños con verdadera bondad sin esperar nada de ellos, es porque se ha abierto un espacio, aunque sea breve, en medio de ese torrente incesante de pensamientos que es la mente humana. 


Cuando eso sucede, nos invade una sensación de bienestar, de paz vívida, aunque sutil. 
La intensidad varía entre una sensación de contento escasamente perceptible y lo que los antiguos sabios de la India llamaron “ananda” (la dicha de Ser). 
Al haber sido condicionados a prestar atención a la forma únicamente, quizás no podamos notar esa sensación, salvo de manera indirecta. 
Por ejemplo, hay un elemento común entre la capacidad para ver la belleza, apreciar las cosas sencillas, disfrutar de la soledad o relacionarnos con otras personas con bondad. 
Ese elemento común es la sensación de tranquilidad, de paz y de estar realmente vivos. Es el telón de fondo invisible sin el cual esas experiencias serían imposibles. Cada vez que sienta la belleza, la bondad, que reconozca la maravilla de las cosas sencillas de la vida, busque ese telón de fondo interior contra el cual se proyecta esa experiencia. 
Pero no lo busque como si buscara algo. 
No podría identificarlo y decir, “Lo tengo”, ni comprenderlo o definirlo mentalmente de alguna manera. 
Es como el cielo sin nubes. No tiene forma. 
Es espacio; es quietud; es la dulzura del Ser y mucho más que estas palabras, las cuales son apenas una guía. 
Cuando logre sentirlo directamente en su interior, se profundizará. 
Así, cuando aprecie algo sencillo, un sonido, una imagen, una textura, cuando vea la belleza, cuando sienta cariño y bondad por otra persona, sienta ese espacio interior de donde proviene y se proyecta esa experiencia. Desde tiempos inmemoriales, muchos poetas y sabios han observado que la verdadera felicidad (a la que denomino la alegría de Ser) se encuentra en las cosas más sencillas y aparentemente ordinarias. 
La mayoría de las personas, en su búsqueda incesante de experiencias significativas, se pierden constantemente de lo insignificante, lo cual quizás no tenga nada de insignificante. Nietzsche, el filósofo, en un momento de profunda quietud, escribió: “¡Cuán poco es lo que se necesita para sentir la felicidad! … Precisamente la cosa más mínima, la cosa más suave, la cosa más liviana, el sonido de la lagartija al deslizarse, un suspiro, una brizna, una mirada, la mayor felicidad está hecha de lo mínimo. Es preciso mantener la quietud”.
¿Por qué es que la “mayor felicidad” está hecha de “lo mínimo”? 
Porque la cosa o el suceso no son la causa de la felicidad aunque así lo parezca en un principio. 
La cosa o el suceso es tan sutil, tan discreto que compone apenas una parte de nuestra conciencia. El resto es espacio interior, es la conciencia misma con la cual no interfiera la forma. El espacio interior, la conciencia y lo que somos realmente en nuestra esencia son la misma cosa. 
En otras palabras, la forma de las cosas pequeñas deja espacio para el espacio interior. Y es a partir del espacio interior, de la conciencia no condicionada, que emana la verdadera felicidad, la alegría de Ser. Sin embargo, para tomar conciencia de las cosas pequeñas y quedas, es necesario el silencio interior. 
Se necesita un estado de alerta muy grande. Mantenga la quietud. Mire. Oiga. Esté presente. 
He aquí otra forma de encontrar el espacio interior: tome conciencia de estar consciente. Diga o piense, “Yo Soy” sin agregar nada más. Tome conciencia de la quietud que viene después del Yo Soy. Sienta su presencia, el ser desnudo, sin velos, sin ropajes. Es el Ser para el cual no hay juventud, vejez, riqueza o pobreza, bien o mal, ni ningún otro atributo. 
Es la matriz espaciosa de toda la creación, de toda la forma. ¿Puedes oír la quebrada en la montaña? 
Un maestro zen caminaba en silencio con uno de sus discípulos por un sendero de la montaña. Cuando llegaron donde había un cedro antiguo, se sentaron para comer su merienda sencilla a base de arroz y verduras. 
Después de comer, el discípulo, un monje joven que no había descubierto todavía la clave del misterio del Zen, rompió el silencio para preguntar: “maestro, ¿como puedo entrar en Zen?” Obviamente se refería a la forma de entrar en el estado de la conciencia que es el Zen. 
El maestro permaneció en silencio. Pasaron casi cinco minutos durante los cuales el discípulo aguardó ansiosamente la respuesta. Estaba a punto de hacer otra pregunta cuando el maestro le preguntó repentinamente, “¿oyes el sonido de esa quebrada en la montaña”? El discípulo no se había percatado de ninguna quebrada. Estaba demasiado ocupado pensando en el significado del Zen. Entonces prestó atención al sonido y su mente ruidosa comenzó a aquietarse. 
Al principio no oyó nada. Después, sus pensamientos dieron paso a un estado de alerta, hasta que escuchó el murmullo casi imperceptible de una quebrada en la distancia. 
“Sí, ahora lo oigo”, dijo. 
El maestro levantó un dedo y con una mirada a la vez dura y gentil, le dijo, “Entra al Zen desde allí”. El discípulo quedó asombrado. Fue su satori, un destello de iluminación. Sabía lo que era el Zen sin saber qué era lo que sabía.
Después siguieron su camino en silencio. 
El discípulo no salía de su asombro al sentir la vida del mundo que lo rodeaba. Lo experimentó todo como si fuera la primera vez. Sin embargo, poco a poco comenzó a pensar nuevamente. El ruido de su mente sofocó nuevamente la quietud de su conciencia y no tardó en formular otra pregunta: “maestro”, dijo, “he estado pensando. ¿Qué hubiera dicho usted si yo no hubiera logrado oír la quebrada en la montaña?
” El maestro se detuvo, lo miró, levantó el dedo y dijo, 
“Entra al Zen desde allí”. 
LA ACCIÓN CORRECTA 
El ego pregunta: ¿cómo puedo hacer que esta situación satisfaga mis necesidades, o cómo puedo llegar a otra situación que en efecto satisfaga mis necesidades? 
La Presencia es un estado de amplitud interna. 
Cuando estamos presentes, preguntamos, “¿cómo reacciono a las necesidades de esta situación, de este momento?”
En realidad ni siquiera necesitamos hacer la pregunta. 
Estamos quedos, alertas, abiertos a lo que es. 
Aportamos una nueva dimensión a la situación: espacio. Entonces observamos y oímos. 
Y así nos volvemos uno con la situación. 
Si en lugar de reaccionar contra la situación, nos fundimos en ella, la solución emana de la situación misma. 
En realidad, no es nuestra persona quien observa y oye, sino la quietud misma. Entonces, si la acción es posible o necesaria, optamos por una acción, o mejor aún, la acción correcta sucede a través de nosotros. 
La acción correcta es aquella que es apropiada para el todo. Cuando se cumple la acción queda la quietud, el espacio, el estado de alerta. No hay quien lance los brazos al aire en señal de triunfo ni vocifere un “¡Sí!” desafiante. 
No hay nadie que diga, “Vean, eso es obra mía”. 
El espacio interior es la fuente de toda creatividad. 
Una vez lograda la creación, la manifestación de la forma, debemos mantenernos atentos para que no surja la noción de que esa forma es “mía”. Cuando nos damos el crédito por lo logrado es porque el ego está de vuelta y ha relegado a segundo plano ese vasto espacio. 
PERCIBIR SIN NOMBRAR 
La mayoría de las personas tienen apenas una conciencia periférica del mundo que las rodea, especialmente cuando los alrededores son conocidos. La voz de su mente absorbe la mayor parte de su atención. 
Algunas personas se sienten más vivas cuando viajan y visitan lugares desconocidos o países extraños porque en ese momento su sentido de la percepción, de la experiencia, ocupa mayor parte de su conciencia que los pensamientos. 
Se tornan más presentes; otras permanecen completamente poseídas por la voz de su mente aún en esos momentos. 
Sus juicios instantáneos distorsionan sus percepciones y experiencias. Es como si no hubieran salido de sus casas. 
El único que se desplaza es el cuerpo, mientras que ellas se quedan donde siempre han estado: dentro de sus cabezas. 
Esta es la realidad de la mayoría de las personas: tan pronto como perciben algo, el ego, ese ser fantasma, le da un nombre, lo interpreta, lo compara con otra cosa, lo acepta, lo rechaza o lo califica de bueno o malo. 
La persona es prisionera de las formas de pensamiento, de la conciencia del objeto. No es posible despertar la espiritualidad hasta tanto cese la urgencia compulsiva por nombrar o hasta tomar conciencia de ella y poder observarla en el momento en que sucede. Es nombrando constantemente que el ego mantiene su lugar en la mente no observada. 
Cuando cesa el impulso de nombrar, e incluso en el  momento mismo en que tomamos conciencia de él, se abre el espacio interior y nos liberamos de la posesión de la mente. 
Tome algún objeto que tenga a la mano (un bolígrafo, una silla, una taza, una planta) y explórelo visualmente, es decir, mírelo con gran interés, casi con curiosidad. 
Evite los objetos con asociaciones personales fuertes que le recuerden el pasado, por ejemplo, el lugar donde lo adquirió, la persona de quien lo recibió, etcétera. 
Evite también cualquier cosa que tenga letras encima como un libro o un frasco, porque estimularía el pensamiento. 
Sin esforzarse, concentre toda su atención en cada uno de los detalles del objeto, manteniéndose en un estado de alerta pero relajado. En caso de que aflore algún pensamiento, no se deje arrastrar por él. No son los pensamientos los que le interesan sino el acto mismo de percibir. 
¿Puede eliminar los pensamientos? ¿Puede mirar sin que la voz de su mente comente, llegue a conclusiones, compare o trate de dilucidar algo? Después de un par de minutos, dirija su mirada a su alrededor, haciendo que su atención ilumine cada cosa sobre la cual se pose. 
Después lleve su atención a los sonidos que se producen a su alrededor. Escuche de la misma manera como observó los objetos, algunos sonidos pueden ser naturales (el agua, el viento, los pájaros), mientras que otros son hechos por el hombre. Algunos son agradables, mientras que otros pueden ser desagradables. Sin embargo, no trate de diferenciar entre los buenos y los malos. Permita que cada sonido sea como es, sin interpretaciones. 
La clave, nuevamente, es el estado de alerta y atención. 
Cuando miramos y escuchamos de esa manera, tomamos conciencia de un sentido de calma sutil y quizás casi imperceptible en un principio. 
Algunas personas lo sienten como una quietud en el fondo, otras hablan de una sensación de paz. Cuando la conciencia no está completamente absorta en los pensamientos, parte de ella permanece en su estado original informe, y no condicionado. Ese es el espacio interior.
¿Quién es el experimentador? 
Lo que vemos, oímos, saboreamos, tocamos y olemos son, naturalmente, objetos de los sentidos. 
Son las cosas que experimentamos. Pero, ¿quién es el sujeto, el experimentador? Si usted en este momento dice, “bueno, pues claro que el experimentador soy yo, Pedro Pérez, contador, de cuarenta y cinco años, divorciado, padre de dos hijos”, estará equivocado. 
Pedro Pérez y todo aquello con lo cual se identifique el concepto mental de Pedro Pérez, son los objetos de la experiencia, no el sujeto que tiene la experiencia. 
Son tres los posibles ingredientes de toda experiencia: las percepciones sensoriales, los pensamientos o las imágenes mentales y las emociones. 
Son pensamientos Pedro Pérez, contador, de cuarenta y cinco años, divorciado, padre de dos hijos y, por tanto, son parte de su experiencia en el momento en que pasan por su mente. 
Ellos y todo lo demás que usted pueda decir o pensar acerca de usted mismo son los objetos, no el sujeto. 
Son la experiencia, no el experimentador. Usted podría agregar miles de definiciones más (pensamientos) acerca lo que es usted y sin duda alguna crecería la complejidad de su experiencia (y también los ingresos de su psiquiatra), pero no es ése el camino para descubrir al experimentador, el cual es anterior a todas las experiencias pero sin el que no habría experiencia.
¿Entonces quién es el experimentador? Usted. 
¿Y quién es usted? La conciencia. ¿Y qué es conciencia? 
Esa pregunta no tiene respuesta porque tan pronto como se da una respuesta se la falsifica y se la convierte en otro objeto. 
La conciencia, cuyo nombre tradicional es Espíritu, no se puede conocer en el sentido normal de la palabra, y es inútil buscarla. Todo el conocimiento reside en el ámbito de la dualidad: sujeto y objeto, conocedor y conocido. 
El sujeto, el yo, el conocedor sin quien sería posible todo conocimiento, toda percepción o todo pensamiento, debe eludir por siempre todo conocimiento. 
Esto se debe a que es informe, solamente las formas son susceptibles de conocerse y, no obstante, sin la dimensión informe, el mundo de la forma sería imposible. 
Es el espacio luminoso en el cual emerge y se sumerge el mundo. Ese espacio es la vida que Yo Soy. Es atemporal. 
Lo que sucede en ese espacio es relativo y temporal: el placer y el dolor, la ganancia y la pérdida, el nacimiento y la muerte. 
El mayor impedimento para descubrir el espacio interior, para encontrar al experimentador, es fascinarse con la experiencia hasta el punto de perderse en ella. 
Es la conciencia extraviada en su propio sueño. 
Es dejarse atrapar hasta tal punto por cada pensamiento, cada emoción y cada experiencia que en efecto permanecemos en una especie de ensoñación. 
Ese ha sido el estado normal de la humanidad durante miles de años. Aunque no podemos conocer la conciencia, podemos reconocer en ella lo que somos. Podemos sentirla directamente en cualquier situación, independientemente de donde estemos. Podemos sentirla aquí y ahora como la Presencia, el estado interior en el cual se perciben las palabras de esta página y se convierten en pensamientos. Es el Yo soy de fondo. 
Las palabras que estamos leyendo y convirtiendo en pensamientos son la parte delantera del escenario y el Yo Soy es el telón de fondo, el substrato, la base subyacente de toda experiencia, pensamiento y sentimiento. 
LA RESPIRACIÓN 
Descubra su espacio interior creando vacíos entre el torrente de pensamientos. Sin esos vacíos, el pensamiento se vuelve repetitivo, pierde toda inspiración y chispa creadora, como sucede con la gran mayoría de las personas del planeta. 
La duración de esos vacíos no importa. 
Unos cuantos segundos bastan. 
Poco a poco se irán alargando por sí mismos, sin ningún esfuerzo de su parte. Más importante que la duración es la frecuencia, de tal manera que haya espacios entre las actividades diarias y el torrente de pensamientos. 
Alguien me mostró hace poco el prospecto anual de una organización espiritual grande. 
Al hojearlo me impresionó la gran diversidad de seminarios y talleres importantes. Me recordó el smorgasbord, uno de esos banquetes suecos donde puede uno elegir entre una enorme variedad de platos. 
La persona me preguntó si le podía recomendar uno o dos cursos. “No sé”, le respondí, “todos suenan muy interesantes”. “Pero sí se lo siguiente”, añadí. 
“Tome conciencia de su respiración tantas veces como le sea posible, cada vez que recuerde hacerlo. Hágalo durante un año y será un medio de transformación mucho más poderoso que asistir a todos esos cursos. 
Y no vale nada”. 
Al tomar conciencia de la respiración apartamos nuestra atención de los pensamientos y creamos espacio. Es una forma de generar conciencia. Si bien la conciencia plena existe ya como no manifiesta, estamos aquí en el mundo para traer la conciencia a esta dimensión. Tome conciencia de su respiración. Note la sensación de respirar. Sienta cómo el aire entra y sale de su cuerpo. Note cómo se expanden y se contraen ligeramente el pecho y el abdomen al inhalar y al exhalar. 
Una respiración consciente basta para abrir algo de espacio en medio del tren interminable de pensamientos. Una respiración consciente (y dos todavía más) varias veces al día es una manera excelente de traer espacio a la vida. 
Aunque medite con la atención en la respiración durante dos horas o más, como lo hacen algunas personas, solo necesitará (o podrá) tomar conciencia de una respiración. 
Las demás son recuerdos o anticipación, es decir, pensamiento. Respirar no es realmente algo que hagamos, sino algo que presenciamos mientras sucede. 
La respiración sucede espontáneamente. 
La inteligencia de nuestro cuerpo se encarga de ella. 
No hace falta esfuerzo alguno. 
Note también a breve pausa de la respiración, especialmente el punto quieto, al final de la exhalación, antes de la siguiente inhalación. La respiración de muchas personas es superficial, contrariamente a lo que debería ser. 
Mientras más se toma conciencia de la respiración, más se restablece su profundidad natural. Puesto que la respiración carece de forma, desde tiempos antiguos se la ha asimilado al espíritu, a la Vida única informe. “Y Dios hizo al hombre del polvo de la tierra y sopló en sus narices el aliento de vida y lo hizo un ser viviente”.
En alemán, respiración es atmen, palabra derivada del sánscrito antiguo atman que significa el espíritu divino interior o el Dios interior. El hecho de que la respiración carezca de forma es una de las razones por las cuales tomar conciencia de ella es una forma muy eficaz de traer espacio a la vida, de generar conciencia. Es un objeto de meditación excelente precisamente porque no es objeto y carece de forma. 
La otra razón es que la respiración es uno de los fenómenos más sutiles y aparentemente insignificantes, lo “mínimo” que, según Nietzsche, es el ingrediente de la “mejor felicidad”. 
Usted podrá decidir si desea practicar o no la conciencia de la respiración como meditación formal. 
Sin embargo, la meditación formal no reemplaza la acción de crear la conciencia del espacio en la vida diaria. 
El hecho de tomar conciencia de la respiración nos obliga a estar en el momento presente, la clave de toda transformación interior. Siempre que tomamos conciencia de la respiración estamos absolutamente presentes. 
Podrá notar que no puede pensar y tomar conciencia de la respiración al mismo tiempo. Al respirar conscientemente se detiene la mente. Pero lejos de estar en trance o medio dormidos, estamos completamente despiertos y muy alertas. 
No caemos por debajo del pensamiento sino que nos elevamos por encima de él. Y si observamos más atentamente, descubrimos que esas dos cosas, estar completamente en el momento presente y dejar de pensar sin perder la conciencia, son una sola: el surgimiento de la conciencia del espacio. 
LAS ADICCIONES 
Podría decirse que un comportamiento compulsivo de vieja data es una adicción, y la adicción vive dentro de nosotros casi como una entidad o una personalidad secundaria, un campo de energía que se apodera periódicamente de nosotros por completo. 
Hasta se apodera de nuestra mente, de la voz mental, la cual entonces se convierte en la voz de la adicción. Podría decir, “hoy ha sido un día muy difícil, me merezco un premio. 
¿Por qué negarme el único placer que me queda en la vida?” Entonces, si estamos identificados con la voz interior a causa de nuestra inconsciencia, abrimos el refrigerador para atacar la torta de chocolate. En otros momentos, la adicción puede dejar por fuera a la mente de un todo y, sin saber a qué horas, nos vemos con un cigarrillo en la boca o un vaso de licor en la mano. 
“¿Cómo llegó esto a mi mano?” 
La acción de sacar un cigarrillo de la cajetilla y encenderlo, o de servir el trago, ocurrió en medio de la inconsciencia total. 
Si usted tiene un patrón de comportamiento compulsivo como fumar, comer en exceso, beber, ver televisión, Internet, o cualquier otro, haga lo siguiente: cuando note que la urgencia de la adicción comienza a manifestarse, pare y respire conscientemente tres veces. 
De esa manera se establece un estado de alerta. 
Deténgase durante unos minutos a observar la urgencia misma y a sentir ese campo de energía en su interior. 
Sienta conscientemente la necesidad física o mental de ingerir o consumir una determinada sustancia, o el deseo de manifestar el comportamiento compulsivo. 
Después respire conscientemente otras cuantas veces. 
Verá que la ansiedad desaparece, al menos transitoriamente. 
O quizás se dé cuenta de que el peso de la urgencia prevalece y no tiene otra salida que obedecer o manifestar el comportamiento nuevamente. 
No lo convierta en un problema. 
Convierta la adicción en parte de su práctica de conciencia tal como se describió anteriormente. 
A medida que aumente la conciencia, los patrones adictivos se debilitarán hasta disolverse finalmente. 
Sin embargo, recuerde tomar nota de los pensamientos que justifican el comportamiento adictivo, a veces con argumentos sagaces, a medida que van pasando por su mente. 
Pregúntese de quién es la voz, y se dará cuenta de que la que habla es la adicción. 
Mientras lo sepa, mientras esté presente en calidad de observador de su mente, es menos probable que ésta logre engañarlo para que usted haga lo que ella desea. 
LA CONCIENCIA DEL CUERPO INTERIOR 
Otra forma fácil pero muy eficaz de descubrir el espacio en la vida se relaciona estrechamente con la respiración. 
Verá que al sentir el flujo sutil del aire que entra y sale del cuerpo, lo mismo que el movimiento suave del pecho y el abdomen, toma también conciencia del cuerpo interior. 
De esa forma, podrá pasar su atención a esa sensación de vida difundida por todo el cuerpo. 
La mayoría de las personas viven tan distraídas con sus pensamientos, tan identificadas con la voz de la mente, que no logran sentir la corriente de vida que las anima. 
El hecho de no poder sentir la vida que anima el cuerpo físico, la vida que somos en esencia, es la mayor privación que nos puede suceder. 
Entonces comenzamos a buscar sustitutos no solamente para el estado natural de bienestar, sino también algo para sofocar la inquietud continua que nos atrapa cuando no estamos en contacto con la corriente vivificante siempre presente pero ignorada. 
Algunos de los sustitutos son el estado de euforia producido por las drogas, el exceso de estímulos sensoriales como la música fuerte, las actividades peligrosas o de alto riesgo, o una obsesión por el sexo. Hasta el drama en las relaciones sirve de reemplazo para esa sensación de vida. 
El disfraz más perseguido para tapar la inquietud subyacente es el de las relaciones íntimas: el hombre o la mujer que “me hará feliz”. 
Pero claro está que también es una de las desilusiones más frecuentes. Y cuando la inquietud emerge nuevamente, la persona tiende a culpar a su pareja. 
Respire dos o tres veces con plena conciencia. 
Trate de percibir la sutil corriente de vida que invade todo su cuerpo interior.
¿Puede sentir su cuerpo desde adentro, por así decirlo? Deténgase brevemente en partes específicas de su cuerpo. Sientas las manos, después, los brazos, las piernas, los pies. ¿Siente el abdomen, el pecho, el cuerpo y la cabeza? ¿Y los labios? ¿Hay vida en ellos? 
Después tome conciencia nuevamente del cuerpo interior en su totalidad. Al principio puede hacerlo con los ojos cerrados, y una vez que aprenda a sentir el cuerpo, abra los ojos, mire a su alrededor y continúe sintiendo el cuerpo simultáneamente. Algunos lectores quizás no sientan la necesidad de cerrar los ojos; podrán sentir su cuerpo interior mientras leen estas palabras. 
EL ESPACIO INTERIOR Y EXTERIOR 
El cuerpo interior no es sólido sino espacioso. 
No es la forma física, sino la vida que la anima. 
Es la inteligencia creadora y la que sustenta el cuerpo, es la que coordina simultáneamente centenares de funciones diferentes de una complejidad tan extraordinaria que la mente humana puede comprender apenas una fracción infinitesimal de la misma. 
Cuando tomamos conciencia de ella, lo que sucede realmente es que la inteligencia toma conciencia de si misma. 
Es la “vida” evasiva que ningún científico ha podido descubrir porque la conciencia que la busca es ella misma. 
Los físicos han descubierto que la aparente solidez de la materia es una ilusión producto de nuestros sentidos. 
Esto se aplica también al cuerpo físico, al cual vemos como una forma. Sin embargo, el 99.99 por ciento del cuerpo es realmente espacio vacío. 
Así de vasto es el espacio entre los átomos comparado con su tamaño, para no mencionar también el gran espacio que hay al interior de cada átomo. 
El cuerpo físico no es más que una interpretación equivocada de lo que somos. Es, en muchos sentidos, una versión a escala del macrocosmos del espacio exterior. Para darnos una idea de lo vasto que es el espacio entre los cuerpos celestes, consideremos lo siguiente: la luz, viajando a una velocidad constante de 186,000 millas (300,000 kilómetros) por segundo, tarda poco más de un segundo en recorrer la distancia entre la tierra y la luna; la luz del sol tarda cerca de 8 minutos en llegar a la tierra. 
La luz de nuestro vecino más cercano en el espacio, la estrella Próxima Centauro, es decir, el sol más cercano al nuestro, viaja durante 4.5 años antes de llegar a la Tierra. 
Así de vasto es el espacio que nos rodea. Y después está el espacio intergaláctico, cuya inmensidad escapa a nuestra comprensión. La luz de la galaxia más cercana a la nuestra, Andrómeda, tarda 2.4 millones de años en llegarnos.
¿No es verdaderamente asombroso que nuestro cuerpo sea tan espacioso como el universo? 
Así, el cuerpo físico, que es forma, se revela esencialmente informe cuando profundizamos en él. 
Se convierte en la puerta de entrada hacia el espacio interior. Aunque el espacio interior carece de forma, está intensamente vivo. Ese “espacio vacío” es la vida en toda su plenitud, la Fuente inmanifiesta de la cual fluyen todas las manifestaciones. El vocablo tradicional para designar esa fuente es Dios. 
Los pensamientos y las palabras pertenecen al mundo de la forma; no pueden expresar lo informe. Así, cuando decimos, “siento mi cuerpo interior”, se trata de una interpretación errada creada por el pensamiento. 
Lo que sucede realmente es que la conciencia que se presenta como un cuerpo (la conciencia que Yo Soy) está tomando conciencia de sí misma. 
Cuando dejamos de confundir lo que somos con una forma transitoria del “yo”, entonces la dimensión de lo infinito y eterno, Dios, se puede expresar a través de “mí” y guiarme. También nos independiza de la forma. Sin embargo, de nada sirve reconocer a nivel puramente intelectual que “yo no soy esta forma”. 
La pregunta más importante de todas es: ¿puedo sentir en este momento mi propia Presencia, o más bien, la Presencia que Soy Yo? También podemos abordar esta verdad desde otro punto de referencia. 
Pregúntese, “¿tengo conciencia no solamente de lo que sucede en este momento, sino del Ahora propiamente, como el espacio viviente atemporal en el cual todo sucede?” 
Si bien esta pregunta parece no tener relación alguna con el cuerpo interior, le sorprenderá reconocer que al tomar conciencia del espacio del Ahora, sentirá más vida en su interior. Es sentir la vida del cuerpo interior, esa vida que forma parte intrínseca de la alegría de Ser. 
Debemos entrar en el cuerpo para trascenderlo y descubrir que no somos eso. En la medida de lo posible, en su vida cotidiana, recurra a la conciencia de su cuerpo interior para crear espacio. 
Mientras espera, mientras escucha a alguien, mientras se detiene a admirar el cielo, un árbol, una flor, a su pareja, o a un hijo, sienta al mismo tiempo la vida que vibra en su interior. 
De esa manera, parte de su atención o conciencia permanecerá informe y otra parte estará disponible para el mundo externo de la forma. Cada vez que “habitamos” nuestro cuerpo de esa manera, nos sirve de ancla para permanecer presentes en el Ahora. 
Nos impide perdernos en el mar de los pensamientos, las emociones o las situaciones externas. 
Cuando pensamos, sentimos, percibimos y experimentamos, la conciencia nace a la forma. Reencarna en un pensamiento, un sentimiento, un sentido de percepción, una experiencia. 
El ciclo de reencarnaciones del cual aspiran a liberarse los budistas sucede continuamente y es solamente en este momento, a través del poder del Ahora, que podemos salir de él. Aceptando completamente la forma del Ahora, nos ponemos interiormente en sintonía con el espacio, el cual es la esencia del Ahora. A través de la aceptación, nuestro interior se hace espacioso y nos mantenemos alineados con el espacio y no con la forma. Es así que traemos el verdadero equilibrio y la perspectiva a nuestra vida. 
LA CONCIENCIA DE LOS VACÍOS 
En el transcurso del día vemos y oímos toda una serie de cosas cambiantes que suceden una tras otra. 
Cuando nos percatamos por primera vez de estar viendo algo u oyendo un sonido (y mucho más si es desconocido), antes de que la mente le asigne un nombre o lo interprete, generalmente hay un vacío de atención intensa en el cual ocurre la percepción. Ese es el espacio interior. 
La duración de ese vacío varía de una persona a otra. 
Es fácil pasarla por alto porque, en muchos casos, son brechas extremadamente breves, quizás de un segundo o menos. 
Lo que sucede es lo siguiente: cuando se produce una imagen o un sonido nuevo, hay una interrupción breve en el torrente habitual de pensamientos en el primer momento de la percepción. 
La conciencia se aparta del pensamiento porque se la necesita para detectar una percepción. Una imagen o un sonido muy extraño puede dejarnos “mudos”, incluso en nuestro interior. Es decir que provoca un vacío más largo. 
La frecuencia y la duración de esos espacios determina nuestra capacidad para disfrutar de la vida, para sentir la conexión interior con otros seres humanos y con la naturaleza. 
También determina nuestro grado de libertad frente al ego, porque el ego implica una inconsciencia total de la dimensión del espacio. 
Cuando tomamos conciencia de estos vacíos a medida que se producen naturalmente, poco a poco se prolongan y experimentamos con más frecuencia la alegría de percibir, sin la interferencia del pensamiento. 
Entonces el mundo se nos presenta renovado, alegre y vivaz. Mientras más percibimos al mundo a través de la pantalla mental de la abstracción y la conceptualización, más inerte y desabrido se torna. 
PERDERNOS PARA ENCONTRARNOS 
El espacio interior también aflora cuando renunciamos a la necesidad de enfatizar nuestra identidad con la forma. 
Esa necesidad le pertenece al ego y no es una necesidad verdadera. Ya hicimos una breve alusión a esto. 
Cada vez que renunciamos a uno de esos patrones de comportamiento permitimos que aflore el espacio interior. Somos más auténticos. 
Para el ego, parecerá como si estuviéramos perdidos, pero en realidad sucede todo lo contrario. 
Jesús nos enseño que debemos perdernos para encontrarnos. Cada vez que renunciamos a uno de esos patrones, restamos peso a lo que somos en el nivel de la forma y nuestro verdadero ser se manifiesta más plenamente. 
Nos empequeñecemos para engrandecernos. 
A continuación aparecen algunas de las formas como las personas tratan de enfatizar su identidad con la forma, aunque inconscientemente. Si nos mantenemos en estado de alerta, podremos detectar algunos de esos patrones inconscientes en nosotros mismos: exigir reconocimiento por algo que hicimos y molestarnos o enojarnos al no recibirlo; tratar de llamar la atención hablando de nuestros problemas o de nuestra enfermedad, o haciendo una escena; dar una opinión cuando nadie la ha pedido y no contribuye en lo absoluto a la situación; preocuparnos más por la opinión que el otro tenga de nosotros, que por la otra persona, es decir, utilizar a los demás para reflejar nuestro ego o fortalecerlo; tratar de impresionar a los demás con nuestras posesiones, conocimiento, aspecto físico, posición social, fortaleza física, etcétera; reforzar momentáneamente al ego a través de una reacción airada contra algo o alguien; tomarnos las cosas a pecho, sentirnos ofendidos; reafirmar que tenemos la razón y que los otros están equivocados a través de quejas mentales o verbales inútiles; mostrarnos importantes o aparentar que lo somos. 
Una vez detectado ese patrón interior, conviene hacer un experimento. Averigüe cómo se siente y qué sucede cuando renuncie a ese patrón. Sencillamente abandónelo y vea qué sucede. Otra manera de generar conciencia es restarle peso a lo que somos en el nivel de la forma. 
Descubra el poder enorme que fluye desde su interior para proyectarse sobre el mundo una vez que logre restarle peso a su identidad con la forma. 
LA QUIETUD 
Se ha dicho que “la quietud es el lenguaje de Dios y todo lo demás es una mala traducción”. 
Quietud es sinónimo de espacio. 
Al tomar conciencia de la quietud cada vez que la encontremos en la vida podremos conectarnos con la dimensión informe y atemporal que vive en nosotros y que está más allá del pensamiento y del ego. 
Puede ser la quietud que invade al mundo de la naturaleza, la quietud de nuestra habitación al amanecer o los vacíos de silencio entre los sonidos. La quietud no tiene forma y es por eso que no podemos tomar conciencia de ella a través del pensamiento. 
El pensamiento es forma; tomar conciencia de la quietud significa estar quedos; estar quedos es estar conscientes sin pensar. En ningún otro momento somos más esencialmente nosotros mismos que cuando estamos en estado de quietud. 
En ese estado somos lo que éramos antes de asumir transitoriamente esta forma física y mental llamada persona. También somos lo que seremos cuando la forma se disuelva. Cuando estamos quedos, somos lo que somos más allá de nuestra existencia temporal: conciencia informe, eterna.

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