Libro UNA NUEVA TIERRA (ECKHART TOLLE ) Capitulo-VIII (Primer Escrito)


CAPÍTULO VIII (Primer Escrito)
EL DESCUBRIMIENTO DEL ESPACIO INTERIOR.
Un antiguo relato sufi dice que vivía en algún país del Medio Oriente un rey cuya existencia oscilaba permanentemente entre la felicidad y el abatimiento. 
Se enojaba o reaccionaba intensamente frente a la más mínima cosa, y su felicidad se convertía rápidamente en desilusión y desesperación.

Llegó el día en que el rey se cansó finalmente de sí mismo y de la vida y comenzó a buscar una salida. 
Hizo llamar a un sabio que habitaba en su reino y que tenía fama de iluminado. Cuando se presentó el sabio, el rey le dijo, “deseo ser como tú. ¿Podrías darme algo que traiga equilibrio, serenidad y sabiduría a mi vida? Te pagaré lo que pidas”. 
A lo que el sabio respondió: “es probable que pueda ayudarte, pero el precio es tan alto que no sería suficiente todo tu reino para pagar por él. 
Por tanto, te haré un regalo, siempre y cuando te hagas digno de él”. El rey prometió que así sería, y el sabio se fue. 
A las pocas semanas regresó y le entregó al rey un cofre de jade tallado. Al abrirlo, el rey encontró solamente un anillo de oro en el cual había grabadas unas letras. 
La inscripción decía: También esto pasará. “¿Qué significa esto?” preguntó el rey. Y el sabio le dijo, “Lleva siempre este anillo y antes de que califiques de bueno o malo cualquier acontecimiento, toca el anillo y lee la inscripción. 
De esa forma estarás siempre en paz”. También esto pasará. ¿Qué hay en estas palabras tan sencillas que las hace tan poderosas? A primera vista parecería que sirvieran para darnos consuelo en situaciones difíciles y que también podrían privarnos de los goces de la vida. “No seas demasiado feliz, porque esa felicidad no durara”. 
Eso parecerían decir en una situación percibida como buena. 
El enorme significado de estas palabras se aclara cuando las consideramos en el contexto de otras dos historias mencionadas anteriormente. 
La historia del maestro Zen cuya respuesta a todo era siempre la misma, “¿De veras?” muestra el bien que recibimos cuando no oponemos resistencia interiormente a los sucesos, es decir, cuando somos uno con lo que nos sucede. 
La historia del hombre que siempre comentaba lacónicamente, “Quizás”, ilustra la sabiduría de no juzgar, y la historia del anillo apunta hacia la realidad de la temporalidad que, una vez que la reconocemos, nos lleva al desapego. 
No resistirnos, no juzgar y no apegarnos son los tres secretos de la verdadera libertad y de una vida iluminada. 
La inscripción del anillo no nos dice que no disfrutemos las cosas buenas de la vida, y tampoco es un consuelo para los momentos de sufrimiento. 
Tiene un propósito más profundo: ayudarnos a tomar conciencia de lo efímero de todas las situaciones, lo cual se debe a la transitoriedad de todas las formas, buenas o malas. Cuando tomamos conciencia de esa transitoriedad de todas las formas, nuestro apego disminuye y dejamos de identificarnos hasta cierto punto con ellas. 
El desapego no implica que no podamos disfrutar de las cosas buenas que el mundo nos ofrece. En realidad nos ayuda a disfrutarlas todavía más. 
Una vez que reconocemos y aceptamos que todas las cosas son transitorias y que el cambio es inexorable, podemos disfrutar los placeres del mundo sin temor a la pérdida y sin angustia frente al futuro. 
Cuando nos desapegamos, podemos ver las cosas desde un punto de vista más elevado en lugar de quedar atrapados por los acontecimientos de la vida. Somos como el astronauta que ve el planeta Tierra rodeado por el espacio infinito y reconoce una verdad paradójica: que la Tierra es preciosa pero insignificante al mismo tiempo. 
El hecho de reconocer que Esto también pasará trae consigo el desapego, y éste a su vez nos abre una nueva dimensión en la vida: el espacio interior. 
Cuando vivimos en el desapego, sin juzgar y sin resistirnos, logramos acceso a esa dimensión. 
Cuando dejamos por completo de estar identificados con las formas, la conciencia, lo que somos, se libera de su prisión en la forma. Esa liberación es el surgimiento del espacio interior. 
Se presenta como una quietud, una paz sutil en el fondo de nuestro ser, hasta en presencia de algo aparentemente malo. Esto también pasará. Entonces, súbitamente, hay un espacio alrededor del suceso. 
También hay espacio alrededor de los altibajos emocionales, incluso alrededor del sufrimiento. Y por encima de todo, hay espacio entre los pensamientos. Y desde ese espacio emana una paz que “no es de este mundo”, porque este mundo es forma y la paz es espacio. Es la paz de Dios. 
Entonces podremos disfrutar y honrar las cosas de este mundo sin atribuirles la importancia y el peso que no tienen. 
Podremos participar en la danza de la creación y llevar una vida activa sin apegarnos a los resultados y sin imponer exigencias exageradas al mundo: lléname, hazme feliz, hazme sentir seguro, dime quién soy. 
El mundo no puede darnos esas cosas, y cuando nos despojamos de esas expectativas desaparece todo el sufrimiento creado por nosotros mismos. Todo ese sufrimiento se debe a que le hemos dado un valor exagerado a la forma y al hecho de no tener conciencia de la dimensión del espacio interior. 
Cuando esa dimensión se manifiesta en nuestra vida podemos disfrutar las cosas, las experiencias y los placeres de los sentidos sin perdernos en ellos, sin apegarnos a ellos, es decir, sin volvernos adictos al mundo. 
Esto también pasará es la frase que nos muestra la realidad. 
Al señalar la temporalidad de todas las formas, señala, por ende, hacia lo eterno. Solamente lo eterno de nosotros puede reconocer la temporalidad de lo temporal. 
Cuando se pierde la dimensión del espacio o cuando no la reconocemos, las cosas del mundo adquieren una importancia absoluta, una seriedad y un peso que realmente no tienen. Cuando no vemos el mundo desde la perspectiva de lo informe, se convierte en un lugar amenazador y, en últimas, en un lugar de desesperación. El profeta del Antiguo Testamento debió sentirlo así cuando escribió, “se cansarán de hablar y no podrán decir más, pero no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír”.1″.’ 
LA CONCIENCIA DEL OBJETO Y LA CONCIENCIA DEL ESPACIO 
La vida de la mayoría de las personas está atestada de cosas: cosas materiales, cosas por hacer, cosas en qué pensar. 
Es una vida parecida a la historia de la humanidad, la cual Winston Churchill definió diciendo, “una maldita cosa tras otra”. Sus mentes están atestadas de pensamientos, que se suceden uno tras otro sin parar. 
Esa es la dimensión de la conciencia del objeto, la cual constituye la realidad predominante de muchas personas y es la causante de tanto desequilibrio. 
A fin de que la cordura reine nuevamente en nuestro planeta, debemos equilibrar la conciencia del objeto con la conciencia del espacio. El surgimiento de la conciencia del espacio es la etapa siguiente en la evolución de la humanidad. 
Tener conciencia del espacio significa que, además de tener conciencia de las cosas (que siempre se reducen a las percepciones sensoriales, los pensamientos y las emociones) hay un estado de alerta subyacente. 
Ese estado de alerta implica que no solamente somos conscientes de las cosas (los objetos) sino también del hecho de ser conscientes. 
Es eso que percibimos como una quietud despierta en el fondo mientras las cosas suceden en primer plano. 
Es una dimensión que está presente en todos nosotros, pero que pasa inadvertida para la mayoría de las personas. 
Algunas veces la señalo cuando pregunto, “
¿Puede sentir su propia Presencia?” 
La conciencia del espacio representa no solamente la liberación del ego, sino también del materialismo y la materialidad. 
Es la dimensión espiritual, la única capaz de imprimir trascendencia y un verdadero significado a este mundo. 
La razón verdadera por la cual nos molestamos ante una situación, una persona o un suceso no está en la persona, la situación o el suceso, sino en haber perdido la perspectiva verdadera que solamente el espacio nos puede proporcionar. Quedamos atrapados en la conciencia del objeto y perdemos de vista el espacio interior atemporal de la conciencia misma. Cuando utilizamos como guía la frase También esto pasará, recuperamos la conciencia de esa dimensión interior. Otra frase que nos señala la verdad interior es la siguiente: “nunca estoy disgustado por la razón que creo”.
CAER POR DEBAJO DEL PENSAMIENTO PARA ELEVARNOS POR ENCIMA DE ÉL 
Cuando estamos muy cansados generalmente entramos en un estado de mayor reposo y tranquilidad de lo normal. 
Esto se debe a que los pensamientos se aquietan y dejamos de recordar ese yo problemático fabricado por la mente. Avanzamos hacia el sueño. 
El alcohol y ciertas drogas (siempre y cuando no activen el cuerpo del dolor), nos hacen sentir más relajados, despreocupados y quizá más llenos de vida durante un tiempo. Podemos comenzar a cantar y a bailar, manifestando esas expresiones características de la alegría de vivir desde tiempos remotos. Al aligerarse el peso de la mente podemos vislumbrar la alegría de Ser. Quizás esta es la razón por la cual se habla de “bebidas espirituosas”. Pero el precio es elevado: la inconsciencia. 
En lugar de elevarnos por encima del pensamiento caemos por debajo de él. Con unos tragos de más retrocedemos al reino vegetal. La conciencia del espacio no tiene nada que ver con las “lagunas” mentales. Aunque los dos estados tienen en común el hecho de estar más allá del pensamiento, hay una diferencia fundamental entre los dos. 
En el primero, nos elevamos por encima del pensamiento mientras que en el segundo caemos por debajo de él. 
El uno es el paso siguiente en la evolución de la conciencia humana y el otro es un retroceso hacia un estado del cual salimos hace millones de años. 
LA TELEVISIÓN 
Ver televisión es la actividad (o más bien la inactividad) de esparcimiento predilecta de millones de personas del mundo entero. Al cumplir los 60 años, el estadounidense común habrá pasado 15 años de su vida delante de la pantalla del televisor, y las cifras de otros países son semejantes.
Para muchas personas, la televisión es “relajante”. 
Si observamos atentamente, nos damos cuenta de que mientras más tiempo mantenemos la atención enfocada en la pantalla, más se suspende la actividad del pensamiento y más tiempo pasamos viendo solamente la entrevista, el programa de juego, la comedia o hasta los comerciales sin generar un solo pensamiento. 
No solamente olvidamos por completo nuestros problemas, sino que nos liberamos de nosotros mismos transitoriamente. 
¿Qué podría ser más relajante que eso? ¿Entonces es la televisión un medio para crear espacio interior? ¿Nos ayuda a estar presentes? Desafortunadamente no es así. 
Si bien la mente suspende su actividad durante períodos prolongados de tiempo, se conecta con la actividad mental del programa de televisión. Se conecta con la versión televisada de la mente colectiva y entra a pensar esos pensamientos. 
La mente está inactiva únicamente en el sentido de no generar sus propios pensamientos. 
Sin embargo, está absorbiendo continuamente los pensamientos y las imágenes provenientes de la televisión. Esto induce una especie de estado de trance y mayor susceptibilidad, parecido al de la hipnosis. Es por eso que es ideal para manipular “la opinión pública”, como lo saben bien los políticos, los grupos de interés y los anunciantes. 
Es por eso que pagan millones de dólares para sorprendernos inermes en ese estado de receptividad. Buscan reemplazar nuestros pensamientos por los de ellos, y por lo general lo logran. Así, mientras vemos televisión, la tendencia es a caer por debajo del pensamiento en lugar de elevarnos por encima de él. En esto, la televisión se parece al alcohol y a ciertas drogas. Si bien nos libera transitoriamente del yugo de la mente, el precio también es alto: la inconsciencia. 
Lo mismo que las drogas, la televisión tiene una cualidad adictiva grande. Tomamos el control para apagar el aparato y en lugar de hacerlo comenzamos a repasar todos los canales. Media hora o una hora después todavía estamos viendo y recorriendo los canales. Es como si el botón de apagado fuera el único que el dedo no logra oprimir. 
Continuamos pegados al aparato no porque algo interesante atrae nuestra atención, sino precisamente porque no hay nada interesante para ver. 
Una vez atrapados, mientras más trivial y más sin sentido, más adictiva se vuelve. 
Si fuera interesante y desafiara el intelecto, llevaría a la mente a pensar nuevamente, lo cual sería más consciente y preferible a un trance inducido por un aparato. 
Entonces las imágenes de la pantalla no mantendrían totalmente cautiva nuestra atención. 
Si el contenido del programa es de cierta calidad, puede contrarrestar hasta cierto punto, o incluso deshacer, el efecto adormecedor del medio de la televisión. 
Hay algunos programas que han sido de gran ayuda para muchas personas, les han cambiado la vida para bien, les han servido para abrir el corazón y les han ayudado a alcanzar el estado de conciencia. 
Hay incluso ciertas comedias que, aunque no tratan ningún tema en particular, son espirituales sin saberlo porque nos muestran una caricatura del ego y de la sinrazón humana. 
Nos enseñan a no tomarnos nada demasiado en serio, a vivir la vida con despreocupación y, por encima de todo, enseñan por medio de la risa. 
La risa es extraordinaria como factor liberador y también curativo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la televisión continúa bajo el control de personas totalmente sometidas al ego, de tal manera que continuamos bajo el control de esa segunda intención de adormecernos, es decir, de sumirnos en la inconsciencia. Sin embargo, el medio de la televisión encierra un potencial enorme, todavía inexplorado. 
Debemos evitar los programas y los comerciales que nos agreden con una secuencia acelerada de imágenes que cambian cada dos o tres segundos o menos. 
El exceso de televisión y de esos programas en particular es el causante en gran medida del trastorno del déficit de atención, una disfunción mental que  afecta a millones de niños del mundo entero. Esos períodos breves de atención se traducen en percepciones y relaciones vacuas e insatisfactorias. 
Todo lo que hagamos estando en ese estado carece de calidad, porque la calidad requiere atención. 
Ver la televisión con frecuencia y por períodos prolongados no solamente nos sume en un estado de inconsciencia sino que nos induce a la pasividad y nos agota la energía. 
Por consiguiente, en lugar de ver cualquier cosa, elija los programas que desee ver. Cada vez que recuerde, sienta la vida dentro de su cuerpo mientras está frente a la pantalla. 
Tome conciencia de su respiración periódicamente. 
Aparte los ojos de la pantalla a intervalos regulares para que ésta no se apodere por completo de su sentido de la vista. 
No suba el volumen más de lo necesario para que la televisión no se apodere de su sentido de la audición. 
Oprima el botón de silenciar el aparato durante los comerciales. 
Asegúrese de no dormirse inmediatamente después de apagar o, peor aún, de quedarse dormido con el televisor encendido.

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