Libro UNA NUEVA TIERRA (ECKHART TOLLE ) Capitulo-7 (Segundo Escrito)


CAPÍTULO VII (Segundo Escrito)
CÓMO DESCUBRIR NUESTRA VERDADERA ESENCIA 
EL EGO Y EL MOMENTO PRESENTE 
La relación más importante y primordial de la vida es la relación con el Ahora, o mejor aún, con cualquiera que sea la forma que adopte el Ahora, es decir, lo que es o lo que sucede. 
Si la relación con el Ahora es disfuncional, esa disfunción se reflejará en todas las relaciones y en todas las situaciones de la vida. El ego podría definirse sencillamente como una relación disfuncional con el momento presente. Es en este momento cuando podemos decidir la clase de relación que deseamos tener con el momento presente.


Una vez que hemos alcanzado un cierto nivel de conciencia, es decir, de Presencia (y si está leyendo esto es porque seguramente es su caso) estamos en capacidad de decidir qué clase de relación deseamos tener con el momento presente.
¿Deseo que éste momento sea mi amigo o mi enemigo? 
El momento presente es inseparable de la vida, de tal manera que nuestra decisión se refiere realmente a la clase de relación que deseamos tener con la vida. Una vez tomada la decisión de ser amigos con el momento presente, nos toca dar el primer paso: mostrarnos amigables con él, acogerlo independientemente de su forma de presentarse. Y no tardaremos en ver los resultados. 
La vida se torna amable con nosotros. La gente nos ayuda y las circunstancias cooperan. Pero es una decisión que debemos tomar una y otra vez, hasta que aprendemos a vivir naturalmente de esa manera. Con la decisión de hacer amistad con el momento presente viene el fin del ego. 


El ego no puede nunca estar en consonancia con el momento presente, es decir, en consonancia con la vida, puesto que su propia naturaleza lo induce a resistir, menospreciar o hacer caso omiso del Ahora. El ego se nutre del tiempo. 
Mientras más fuerte el ego, mayor es el tiempo durante el cual controla nuestra vida. Casi todos nuestros pensamientos entonces se refieren al pasado o al futuro y el sentido de lo que somos depende del pasado, donde encuentra una identidad, o del futuro donde busca su realización. 
El temor, la ansiedad, la expectativa, el remordimiento, la culpa, y la ira son disfunciones del estado de la conciencia atrapado en el tiempo. El ego trata el momento presente de tres maneras: como un medio para una finalidad como un obstáculo o como un enemigo. Analicemos una a la vez, de tal manera que cuando ese patrón se apodere de usted, pueda reconocerlo y decidir nuevamente. 
En el mejor de los casos, el ego ve en el momento presente un medio para cumplir una finalidad. Sirve para llevarnos a algún momento en el futuro considerado más importante. 
Pero el futuro nunca llega salvo como momento presente y, por tanto, nunca es más que un pensamiento en la cabeza. 
En otras palabras, nunca estamos totalmente aquí porque siempre estamos ocupados tratando de llegar a algún otro lugar. 
Cuando este patrón se acentúa, lo cual suele suceder, el momento presente es visto o tratado como si fuera un obstáculo a superar. 
Es allí donde surgen la impaciencia, la frustración y el estrés y, en nuestra cultura, esa es la realidad cotidiana, el estado normal de muchas personas. 
La Vida, la cual ocurre ahora, es vista como un “problema”, y todos habitamos en un mundo lleno de problemas que debemos resolver para ser felices, sentirnos realizados o comenzar realmente a vivir (o por lo menos eso creemos). 
El problema está en que, por cada problema que resolvemos aparece uno nuevo. Mientras veamos un obstáculo en el momento presente, los problemas no tendrán fin. 
“Seré lo que deseas que sea”, dice la Vida o el Ahora. 
“Te trataré como tú me trates. Si me ves como un problema, eso seré para ti. Si me tratas como a un obstáculo, seré un obstáculo”. En el peor de los casos, y esto también es muy común, el momento presente es visto como un enemigo. 
Cuando odiamos lo que hacemos, nos quejamos de nuestro entorno, maldecimos de las cosas que suceden o han sucedido; o cuando nuestro diálogo interno está lleno de lo que deberíamos o no deberíamos hacer, de acusaciones y señalamientos, entonces nos peleamos con lo que es, con aquello que de todas maneras ya es como es. Convertimos a la Vida en nuestra enemiga y ella nos dice, “si lo que quieres es guerra, guerra tendrás”. 
La realidad externa, la cual es siempre el espejo de nuestro estado interior, se experimenta como algo hostil. 
Una pregunta crucial que debemos hacernos con frecuencia es ¿cuál es mi relación con el momento presente? Después debemos estar alertas para descubrir la respuesta. ¿Trato el Ahora apenas como un medio para llegar a una finalidad? ¿Lo veo como un obstáculo? ¿Lo estoy convirtiendo en enemigo? Puesto que el momento presente es lo único que tendremos, puesto que la vida es inseparable del Ahora, lo que la pregunta significa realmente es, ¿cuál es mi relación con la vida? Esta pregunta es una forma excelente de desenmascarar al ego y de entrar en el estado de Presencia. Aunque la verdad absoluta no está encarnada en la pregunta (en últimas, yo y el momento presente somos uno), es una guía importante hacia el camino correcto. 
Hágase esa pregunta con frecuencia, hasta que ya no la necesite. ¿Cómo trascender una relación disfuncional con el momento presente? Lo más importante es reconocerla en nosotros mismos, en nuestros pensamientos y en nuestros actos. 
Estamos en el presente en el momento mismo en que notamos que nuestra relación con el Ahora es disfuncional. 
Ver equivale al afloramiento de la Presencia. 
Tan pronto como vemos la disfunción, ésta comienza a desvanecerse. Algunas personas se ríen cuando ven esto. 
Con el reconocimiento viene el poder de elegir: 
la posibilidad de decirle “sí” al Ahora y de aceptarlo como amigo. LA PARADOJA DEL TIEMPO
A simple vista, el momento presente es “lo que sucede”. 
Puesto que los sucesos cambian continuamente, parecería que cada día de la vida consta de miles de momentos en los cuales suceden distintas cosas. 
El tiempo es para nosotros como una cadena interminable de momentos, algunos “buenos” y otros “malos”. 
Sin embargo, si analizamos más detenidamente, es decir, a través de nuestra experiencia inmediata, descubrimos que realmente no hay muchos momentos. Descubrimos que lo único que hay es este momento. La Vida siempre es ahora. La vida entera se desenvuelve en este Ahora constante. 
Los momentos pasados o futuros existen solamente cuando los recordamos o los imaginamos, trayéndolos a la mente en el único momento que existe: éste. ¿Por qué tenemos la impresión de que hay muchos momentos? Porque confundimos el momento presente con lo que sucede, con el contenido. 
Confundimos el espacio del Ahora con lo que sucede en ese espacio. Al confundir el momento presente con el contenido no solamente creamos la ilusión del tiempo, sino también la ilusión del ego. He aquí la paradoja. Por una parte, ¿cómo podemos negar la realidad del tiempo? Lo necesitamos para ir de aquí para allá, para preparar la cena, construir una casa, leer este libro. 
Lo necesitamos para crecer, aprender cosas nuevas. 
Al parecer, consumimos tiempo en todo lo que hacemos. 
Todo está sujeto a eso y, al cabo de los años, “este maldito tirano que es el tiempo”, termina matándonos. 
Podríamos compararlo con un incendio voraz o con un río de aguas embravecidas que nos arrastra en su corriente. 
Hace poco me reuní con unos viejos amigos, una familia a la cual no veía hacía tiempo, y me llevé una fuerte impresión cuando los vi. Casi les pregunto, “¿están enfermos? ¿Qué sucedió? ¿Quién les hizo eso?” La madre, apoyada en un bastón, parecía como si se hubiera encogido y su rostro estaba arrugado como una manzana vieja. La hija, a quien había visto la última vez llena de la energía, el entusiasmo y las esperanzas de la juventud, parecía agotada, cansada después de educar a sus tres hijos. Entonces recordé: habían pasado casi treinta años desde nuestro último encuentro. 
El tiempo les había hecho eso. Seguramente ellas tuvieron la misma impresión cuando me vieron. Todo parece estar sujeto al tiempo y, no obstante, todo sucede en el Ahora. Esa es la paradoja. 
A donde quiera que miremos hay suficiente evidencia circunstancial de la realidad del tiempo: la manzana que se pudre, el rostro en el espejo comparado con el rostro en la fotografía de hace treinta años. Sin embargo, nunca encontramos evidencia directa, nunca experimentamos el tiempo propiamente. 
Lo único que experimentamos es el momento presente o, más bien, lo que sucede en él. Si nos guiamos solamente por la evidencia directa, entonces no hay tiempo, y lo único que existe es el Ahora. ELIMINAR EL TIEMPO 
No podemos fijarnos la meta de liberarnos del ego y dar los pasos necesarios para alcanzarla en un futuro. 
Lo único que obtenemos es mayor insatisfacción, más conflictos internos, porque siempre nos parecerá que nunca llegamos, que nunca “alcanzamos” ese estado. Cuando fijamos para el futuro la meta de liberarnos del ego, nos damos más tiempo y, más tiempo significa más ego. 
Examine con cuidado si su búsqueda espiritual es una forma disfrazada de ego. 
Hasta tratar de deshacernos del “yo” puede ser una forma de querer más si la fijamos como una meta para el futuro. 
Darse más tiempo es precisamente eso: darle más tiempo al “yo”. El tiempo, es decir, el pasado y el futuro, es lo que alimenta y empuja al yo falso fabricado por la mente, y el tiempo vive en la mente. No es algo que exista objetivamente en “alguna parte”. 
Si bien es una estructura mental necesaria para la percepción sensorial, indispensable para efectos prácticos, es el mayor obstáculo para llegar a conocernos. 
El tiempo es la dimensión horizontal de la vida, la capa superficial de la realidad. 
Y está además la dimensión vertical de la profundidad, accesible solamente a través del portal del momento presente. 
Entonces, en lugar de sumarnos tiempo, debemos eliminarlo. Eliminar al tiempo de la conciencia es eliminar al ego, es la única práctica verdaderamente espiritual. 
Claro está que cuando hablamos de eliminar el tiempo no nos referimos al tiempo del reloj, el cual representa el uso del tiempo para efectos prácticos como fijar una cita o planear un viaje. 
Sería casi imposible funcionar en este mundo sin el tiempo del reloj. A lo que nos referimos es a la eliminación del tiempo psicológico, la preocupación constante de la mente egotista con el pasado y el futuro, y su retiscencia a ser una con la vida viviendo en consonancia con la existencia inevitable del momento presente. Cada vez que en lugar de decirle “no” a la vida le damos un “sí, cada vez que permitimos que el momento presente sea como es, disolvemos el tiempo y también el ego. 
Para sobrevivir, el ego debe dar más importancia al tiempo (pasado y futuro) que al momento presente. 
El ego no soporta la amistad con el momento presente, salvo por breves momentos, lo suficiente para obtener lo que desea. 
Pero no hay nada que satisfaga al ego durante mucho tiempo. Mientras controle nuestras vidas, nos hará infelices de dos maneras. Una, al no obtener lo que deseamos y la otra al obtener lo que deseamos. Todo aquello que es o que sucede es la forma adoptada por el Ahora. Mientras nos resistamos internamente, la forma, es decir el mundo, se convertirá en una barrera impenetrable que nos separará de lo que somos más allá de la forma, de la Vida única informe que somos. 
Cuando damos un “sí” interior a la forma adoptada por el Ahora, esa forma se convierte en la puerta hacia la dimensión de lo informe. La separación entre Dios y el mundo se disuelve. 
Cuando reaccionamos contra la forma que la vida adopta en este momento, cuando tratamos al Ahora como un medio, un obstáculo o un enemigo, fortalecemos nuestra propia identidad en la forma: 
el ego. De allí la reactividad del ego.
¿Qué es reactividad? Es la adicción a la reacción. 
Mientras más reactivos somos, más nos enredamos con la forma. Mientras más identificados con la forma, más fuerte es el ego. Entonces nuestro Ser a duras penas logra proyectar su luminosidad a través de la forma. 
Cuando no oponemos resistencia a la forma, aquello que está más allá de ella en nuestro interior emerge como una Presencia que lo abarca todo, un poder silencioso mucho más grande que la breve identidad con la forma, mucho más grande que la persona. 
Es nuestra esencia más profunda que no tiene parangón en el mundo de la forma. 
EL SOÑADOR Y EL SUEÑO 
La no resistencia es la clave para el mayor de los poderes del universo. A través de ella, la conciencia (el espíritu) se libera de su prisión en la forma. 
No resistirse internamente a la forma (a lo que es o a lo que sucede) es negar la realidad absoluta de la forma. 
La resistencia hace que el mundo y las cosas, incluida nuestra propia identidad, parezcan más reales, más sólidos y más duraderos de lo que son. 
Dota al mundo y al ego de un peso y de una importancia absoluta que hacen que tomemos al mundo y a nuestra persona muy en serio. Entonces confundimos el juego de la forma con una lucha por sobrevivir y, al ser ésa nuestra percepción, se convierte en nuestra realidad. 
El sinnúmero de sucesos y de formas que adopta la vida, es por naturaleza, efímero. Todo es pasajero. Las cosas, los cuerpos, los egos, los sucesos, las situaciones, los pensamientos, las emociones, los deseos, las ambiciones, los temores y el drama llegan con aire de gran importancia y cuando menos acordamos se han ido, desvanecidos en la nada de donde salieron. 
¿Alguna vez fueron reales? ¿Fueron algo más que un sueño, el sueño de la forma? Cuando abrimos los ojos en la mañana, el sueño de la noche se disuelve y decimos, “fue sólo un sueño, no fue real”. Pero tuvo que haber algo real en el sueño o de lo contrario no habría podido suceder. 
Cuando se aproxima la muerte, podemos mirar hacia atrás y preguntarnos si la vida fue apenas otro sueño. Ahora mismo, si recuerda las vacaciones del año pasado o el drama de ayer, podrá ver que son muy parecidos al sueño de anoche. 
Está el sueño y también el soñador del sueño. 
El sueño es un juego breve de las formas. Es el mundo: real en términos relativos pero no absolutos. 
Y está el soñador, la realidad absoluta en la cual van y vienen las formas. El soñador no es la persona, la persona es parte del sueño. El soñador es el substrato en el cual aparece el sueño, la dimensión atemporal detrás del tiempo, la conciencia que vive en la forma y está detrás de ella. 
El soñador es la conciencia misma, es lo que somos. 
Nuestro propósito ahora es despertarnos en el sueño. 
Cuando estamos despiertos en el sueño, el drama creado en la tierra por el ego llega a su fin y aparece un sueño más benigno y maravilloso. Es la nueva tierra. 
MÁS ALLÁ DE LA LIMITACIÓN 
A toda persona le llega el momento en que busca crecer y expandirse en el nivel de la forma. 
Es cuando nos esforzamos por superar una limitación como una debilidad física o un apuro económico, cuando adquirimos nuevas destrezas y conocimiento, cuando aplicamos nuestra creatividad para traer algo nuevo al mundo a fin de mejorar la vida, tanto la nuestra como la de los demás. 
Podría tratarse de una pieza musical o una obra de arte, un libro, un servicio, una función que realizamos, una empresa u organización a la cual contribuimos o de la cual somos los creadores. 
Cuando estamos presentes, cuando nuestra atención está totalmente en el Ahora, la Presencia penetra en lo que hacemos y lo transforma. Imprime calidad y poder a nuestras obras. 
Estamos presentes cuando lo que hacemos no es principalmente un medio para conseguir un fin (dinero, prestigio, ganancia) sino que es una fuente de realización en sí misma, caracterizada por la alegría y la energía. 
Y claro está que no podemos estar presentes si no estamos en amable armonía con el momento presente. He ahí la base de la acción eficaz sin tinte de negatividad. 
La forma es limitación. 
Estamos aquí no solamente para experimentar la limitación sino para crecer en la conciencia trascendiendo la limitación. 
Algunas limitaciones se pueden superar en el plano externo. 
Habrá otras con las cuales debemos aprender a vivir y que solamente se pueden superar internamente. 
Todo el mundo tropieza con ellas tarde o temprano. 
Podemos, o bien quedarnos atrapados en esas limitaciones a causa de las reacciones del ego, experimentando una infelicidad intensa, o bien elevarnos por encima de ellas internamente, entregándonos incondicionalmente a lo que es. Es eso lo que nos enseñan. 
El estado consciente de renunciación abre la dimensión vertical de la vida, la dimensión de la profundidad. 
Entonces, algo se proyecta sobre el mundo desde esa dimensión: algo de valor infinito que, de otra manera, no se habría manifestado. 
Algunas personas que se entregan ante la limitación severa se convierten en sanadores o maestros espirituales. 
Otras trabajan desinteresadamente para mitigar el sufrimiento humano o traer algún don de su creatividad al mundo. 
A finales de los años setenta, tenía la costumbre de almorzar todos los días con uno o dos amigos en la cafetería del centro de postgrado de la Universidad de Cambridge donde estudiaba. 
A veces se sentaba en la mesa vecina un hombre en silla de ruedas, generalmente en compañía de tres o cuatro personas más. 
Un día, cuando estaba en la mesa directamente al frente de la mía, no pude abstenerme de mirarlo más atentamente, y quedé aturdido con lo que vi. Parecía totalmente paralizado. 
Su cuerpo estaba duro y la cabeza le colgaba constantemente hacia adelante. Una de las personas que estaba con él le llevaba la comida a la boca cuidadosamente pero de todas maneras era mucha la que se caía y que otro hombre recogía en un plato que sostenía debajo del mentón. 
De tanto en tanto, el hombre postrado en la silla de ruedas emitía unos sonidos ininteligibles y alguien acercaba el oído a la boca y lograba interpretar milagrosamente lo que el hombre trataba de decir. Posteriormente le pregunté a mi amigo si sabía quién era. “Claro”, dijo, “es profesor de matemáticas y las personas que lo acompañan son sus alumnos de postgrado. 
Tiene una enfermedad de las neuronas motrices, la cual paraliza progresivamente todas las partes de su cuerpo. 
Le han dado cuando más unos cinco años. 
Debe ser lo más espantoso que le puede pasar a un ser humano”. Unas semanas después, saliendo un día del edificio me crucé con él. Sostuve la puerta para que pasara con su silla impulsada eléctricamente y en ese momento se cruzaron nuestras miradas. 
Me sorprendió ver lo transparentes que eran sus ojos. 
No había en ellos huellas de infelicidad. 
Me di cuenta inmediatamente de que había renunciado a resistirse; vivía en estado de entrega. Varios años después, comprando un periódico en un puesto de revistas, me sorprendió ver su fotografía en la portada de una revista internacional de noticias muy prestigiosa. No solamente continuaba vivo, sino que había llegado a ser el físico teórico más importante del mundo: Stephen Hawking. Había en el artículo una frase hermosa que confirmó lo que yo había sentido al mirarlo a los ojos muchos años atrás. 
Comentando acerca de su vida decía (ahora con la ayuda de un sintetizador de voz), “¿Quién habría deseado más?” 
LA ALEGRÍA DE SER 
La infelicidad y la negatividad son una enfermedad en nuestro planeta. Lo que la contaminación es al plano externo, es la negatividad al plano interno. 
Está en todas partes, no solamente en los lugares donde las personas no tienen lo suficiente, sino todavía más donde la gente tiene más de la cuenta. ¿No es sorprendente? No. 
El mundo desarrollado está más profundamente identificado con la forma, más atrapado en el ego. 
Las personas creen que su felicidad depende de lo que les sucede, es decir, que depende de la forma. No se dan cuenta de que los sucesos son lo más inestable del universo porque cambian constantemente. Ven el momento presente empañado por algo que ha sucedido y que no debió suceder, o como una deficiencia porque algo que debió suceder no sucedió. 
Entonces pasan por alto la perfección profunda, inherente a la vida misma, una perfección que ya existe y está más allá de lo que sucede o no sucede, más allá de la forma. 
Debemos aceptar el momento presente y hallar la perfección que es más profunda que cualquier forma, y que está libre del efecto del tiempo. La alegría de Ser, la única felicidad verdadera, no se puede lograr a través de la forma, es decir, de las posesiones, los logros, las personas o los sucesos. Esa alegría nunca llega sino que emana de la dimensión informe que reside en nuestro interior, de la conciencia misma y, por tanto, es una con nuestra esencia. 
LA DISMINUCIÓN DEL EGO 
El ego siempre está en guardia contra cualquier posibilidad de verse disminuido. Los mecanismos de reparación se activan automáticamente para restablecer la forma mental del “yo”. 
Cuando alguien me culpa o me critica, el ego lo interpreta como una disminución del yo y trata inmediatamente de reparar esa disminución mediante la justificación, la defensa o la culpa. 
El que la otra persona tenga la razón o no lo tiene sin cuidado. 
El ego está mucho más interesado en su conservación que en la verdad. Es la conservación de la forma psicológica del “yo”. 
Algo tan normal como responder a gritos al conductor que nos insulta es un mecanismo automático e inconsciente de reparación del ego. Uno de los mecanismos de reparación más comunes es la ira, la cual infla al ego enormemente, aunque por un breve período. Todos los mecanismos de reparación son perfectamente lógicos para el ego, aunque son disfuncionales en la realidad. 
Los más extremos son la violencia física y el autoengaño expresado en fantasías de grandeza. Una práctica espiritual muy poderosa consiste en permitir la disminución del ego cuando sucede, sin tratar de restaurarlo. Le recomiendo hacer el experimento de vez en cuando. 
Por ejemplo, cuando alguien lo critique, lo culpe o lo ofenda, en lugar de replicar y defenderse inmediatamente, no haga nada. Permita que su amor propio se quede disminuido y tome conciencia de lo que siente en su interior. 
Es probable que se sienta incómodo durante algunos segundos, como si se hubiera empequeñecido. Después sentirá que se amplía su espacio interno y que está intensamente vivo. 
No habrá menguado en lo absoluto. 
En realidad se habrá expandido. 
Entonces quizás reconozca algo asombroso: cuando se sienta disminuido de alguna manera y se abstenga de reaccionar, no sólo externamente sino también internamente, se dará cuenta de que nada ha menguado realmente, que al ser “menos” se convierte en más. Cuando opta por no defender o fortalecer su forma, deja de identificarse con ella, con su imagen mental. 
Al ser menos (a los ojos del ego), en efecto se produce una expansión y se genera el espacio para que el Ser pueda manifestarse. 
El verdadero poder, lo que usted es más allá de la forma, podrá brillar a través de la forma aparentemente debilitada. 
Fue lo que quiso decir jesús con su frase, “Niégate a ti mismo” o “Presenta la otra mejilla”. 
Claro está que eso no significa invitar al abuso o convertirse en víctima de las personas inconscientes. 
Algunas veces será necesario exigirle al otro con mucha firmeza que “tenga cuidado”. 
Pero las palabras tendrán el poder que se obtiene cuando no hay defensividad del ego, cuando están privadas de la fuerza de la reacción. 
De ser necesario, podremos dar un “no” firme y contundente, pero un “no de alta calidad” carente de toda negatividad. 
Cuando nos sentimos satisfechos de no ser nadie en particular, contentos con no sobresalir, entramos en consonancia con el poder del universo. Lo que parece debilidad para el ego es en realidad la única fortaleza verdadera. 
La verdad del espíritu es diametralmente opuesta a los valores de nuestra cultura contemporánea y la forma como ésta condiciona el comportamiento de las personas. 
En lugar de tratar de ser una montaña, enseña el antiguo Tao Te Ching, “seamos el valle del universo”.
4″.’ De esta forma, volvemos a la unicidad y “todas las cosas llegarán”.
5 Asimismo enseñó jesús en una de sus parábolas, “cuando te inviten, siéntate en el lugar más humilde de manera que, cuando llegue tu anfitrión, pueda invitarte a ocupar un mejor lugar. Entonces serás honrado en presencia de todos los que comparten la mesa contigo. Porque aquel que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.
6 Otro aspecto de esta práctica es abstenerse de fortalecer el yo evitando alardear, o querer sobresalir, ser especial, dejar una impresión o exigir atención. Puede implicar abstenerse de expresar una opinión cuando todos los demás expresan la suya. 
Ensaye a hacerlo para ver cómo se siente. 
ASÍ COMO SOMOS POR FUERA SOMOS POR DENTRO 
Al mirar las estrellas en el firmamento despejado podemos reconocer fácilmente una verdad a la vez totalmente simple y extraordinariamente profunda. 
¿Qué es lo que vemos? 
La luna, los planetas, las estrellas, la banda luminosa de la vía láctea, quizás un cometa o hasta la vecina galaxia de Andrómeda a dos millones de años luz de distancia. 
Es correcto. Pero si simplificamos todavía más, ¿qué vemos? Objetos flotando en el espacio.
¿Entonces de qué consta el universo? De objetos y espacio. 
Cuando no enmudecemos totalmente al mirar el firmamento en una noche despejada es porque no estamos mirando realmente y no tenemos conciencia de la totalidad de lo que hay en él. Probablemente estemos mirando solamente los objetos y tratando de identificarlos. Si alguna vez se sintió sobrecogido al mirar el espacio, si experimentó una sensación de reverencia ante ese misterio incomprensible, es porque renunció por un momento a su deseo de explicar y asignar nombres y tomó conciencia no solamente de los objetos del espacio sino de la profundidad infinita del espacio mismo. 
Seguramente logró tranquilizarse lo suficiente para tomar nota de la inmensidad en la cual existen esos mundos incontables. 
La sensación sobrecogedora no se deriva del hecho de que haya miles de millones de mundos, sino del reconocimiento de la profundidad que los alberga a todos. 
Claro está que no podemos ver, ni oír, ni tocar, ni oler el espacio. ¿Entonces cómo sabemos tan siquiera si existe? Esta pregunta aparentemente lógica contiene un error fundamental. 
La esencia del espacio es el vacío, de tal manera que no “existe” en el sentido normal de la palabra. Sólo las cosas, las formas, existen. El hecho mismo de designarlo con el nombre de espacio puede ser engañoso porque, al nombrarlo, lo convertimos en objeto. 
Digámoslo de esta manera: hay algo dentro de nosotros que tiene afinidad con el espacio; es por eso que podemos tomar conciencia de él. ¿Conciencia de él? Esto tampoco es completamente cierto porque ¿cómo podemos tomar conciencia del espacio si no hay nada de lo cual tomar conciencia? 
La respuesta es a la vez simple y profunda. 
Cuando tenemos conciencia del espacio realmente no tenemos conciencia de nada, salvo de la conciencia misma, del espacio interior. ¡El universo toma conciencia de sí mismo a través de nosotros! Cuando el ojo no encuentra nada para ver, la nada se percibe como espacio. Cuando el oído no encuentra nada para oír, el vacío se percibe como quietud. 
Cuando los sentidos, diseñados para percibir la forma, se tropiezan con la ausencia de la forma, la conciencia informe que está detrás de la percepción y de la cual emana toda percepción, toda experiencia posible, ya no se oculta detrás de la forma. 
Cuando contemplamos la profundidad inconmensurable del espacio o escuchamos el silencio en las primeras horas del amanecer, algo resuena dentro de nosotros como en una especie de reconocimiento. Entonces sentimos que la vasta profundidad del espacio es nuestra propia profundidad y reconocemos que esa quietud maravillosa es nuestra más profunda esencia, más profunda que cualquiera de las cosas que conforman el contenido de nuestra vida. 
Los Upanishads, las antiguas escrituras de la India, apuntan hacia la misma verdad con estas palabras: “Aquello que el ojo no puede ver, pero que hace posible que el ojo vea: sabed que no es otro que Brahma, el espíritu, y no lo que la gente adora aquí. 
Aquello que no puede oírse con los oídos, pero que hace posible que el oído oiga: sabed que no es otro que Brahma, el espíritu, y no lo que la gente adora aquí… Aquello que no puede pensarse con la mente, pero que hace posible que la mente piense: sabed que no es otro que Brahma, el espíritu, y no lo que la gente adora aquí”.’ 
La escritura dice que Dios es conciencia informe y la esencia de lo que somos. Todo lo demás es forma, “lo que la gente adora aquí”. La realidad dual del universo, la cual consta de cosas y espacio (cosas y vacío), es también la nuestra. 
Una vida humana sana equilibrada y fructífera es una danza entre dos dimensiones que conforman la realidad: la forma y el espacio. La mayoría de las personas están tan identificadas con la dimensión de la forma, con las percepciones de los sentidos, los pensamientos y las emociones, que carecen de la otra mitad vital. 
Su identificación con la forma las mantiene atrapadas en el ego. 
Lo que vemos, oímos, sentimos, palpamos o pensamos es solamente la mitad de la realidad, por así decirlo. Es la forma. 
Jesús hablaba en sus enseñanzas de “el mundo”, mientras que la otra dimensión es el “reino de los cielos o la vida eterna”. 
De la misma manera que el espacio hace posible que todas las cosas existan y de la misma manera que sin el silencio no habría sonido, no existiríamos sin la dimensión vital informe que constituye la esencia de lo que somos. 
Podríamos hablar de “Dios” si no hubiéramos abusado tanto de la palabra. Pero prefiero hablar del Ser previo a la existencia. 
La existencia es forma, contenido, “lo que sucede”. 
La existencia es el escenario de la vida; el Ser es el telón de fondo, por así decirlo. La enfermedad colectiva de la humanidad radica en que las personas están tan inmersas en los sucesos, tan hipnotizadas por el mundo de las formas fluctuantes, tan absortas en el contenido de sus vidas, que han olvidado la esencia, aquello que está más allá del contenido, de la forma y del pensamiento. 
Están tan sumidas en el tiempo que han olvidado la eternidad, la cual es su origen, su hogar y su destino. La eternidad es la realidad viviente de lo que somos. 
Hace algunos años, estando en China, tropecé con una estupa en la cima de una montaña cerca de Guilin. Tenía unas letras doradas grabadas cuyo significado consulté a mi anfitrión. 
“Significa Buda”, me respondió. “¿Por qué hay dos caracteres en lugar de uno?” pregunté. “Uno significa ‘hombre’ y el otro significa ‘no’. Los dos juntos significan ‘Buda’. Me quedé perplejo. 
El carácter representativo de Buda contenía toda la enseñanza de Buda y, para quienes tuvieran ojos para ver, contenía el secreto de la vida. Son esas las dos dimensiones que conforman la realidad, lo que es y lo que no es: es decir, el reconocimiento de que no somos la forma. 

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