Francesco Una vida entre el cielo y la Tierra(Capitulo-6)


CAPITULO-6
Los miedos 
Iba la peste camino a Bagdad cuando se encontró con un peregrino. 
Él le preguntó: “¿A dónde vas?” 
La peste le contestó: “A Bagdad, a matar a diez mil personas”. 
Después de un tiempo, la peste volvió a encontrarse con el peregrino, quien muy enojado le dijo: “Me mentiste. 
Me dijiste que matarías a diez mil personas, y mataste a cien mil”. 
“Yo no mentí, maté a diez mil, el resto se murió de miedo”. 
ANÓNIMO
Otro día había transcurrido. 
El sol brillaba y los aromas eran mucho más dulces que los días anteriores. 
Francesco había perdido la cuenta de cuántos días habían transcurrido desde que había muerto y se había mudado al primer Cielo. 
Se levantó. Algo había cambiado en su imagen. Algo había empezado a crecer en sus espaldas. Parecía que estuvieran saliéndole las alas; después de mirarse en un reflejo de luz, se empezó a reír de sí mismo y pensó: “sí, con mis miedos, tuve algo de gallina, entonces las alas están muy de acuerdo conmigo, o con las acciones de mi vida”. 
Francesco había aprendido a reírse de sus limitaciones, de esas creencias que lo dejaron inmóvil en momentos en que la osadía del coraje le hubiera dado una gran cuota de seguridad. 
Después de cierto tiempo, se acercó Ariel a buscarlo, y Francesco, sin preguntas de por medio, lo siguió. Fueron por un camino por el que nunca antes habían transitado. 
De lejos parecía un mar azul, muy calmo, con una playa de arenas blancas y palmeras muy frondosas. Francesco se preguntó cómo podría el Cielo tener playa y Ariel, que leyó la mente, le contestó: ¿Por qué no la puede tener? 
De hecho, tú, desde abajo, no podías ver más que las nubes, las estrellas y el color del cielo, pero podrías haber muerto sin haber visto nunca una playa y eso no es una causa para que no exista. ¡Esa costumbre que tienen ustedes, las personas, de creer sólo lo que sus ojos les muestran! Pierden la posibilidad de tener otras sensaciones. Si fueran más abiertos a estar dispuestos, a usar todos los sentidos, podrían ver mucho más que un cielo azul con nubes. Sería bueno que prestaran atención a las cosas; esto no significa que sea necesario buscar la concentración. Cuando te concentras,  excluyes el resto, mientras que prestar atención es caer en la cuenta de todo, sin excluir nada. 
Si hicieras una pausa y prestaras atención al cíelo, a los árboles, a los pájaros, podrías aprender de ellos. 
Si estás obsesionado por tus propios problemas, no puedes ver el resto de las cosas y tampoco la solución de tus problemas. 
Presta atención a todo, está en contacto con lo que te guste, afina el oído, agudiza los sentidos y pon toda tu atención en lo que sientes. Después de escucharlo, Francesco le comentó que él sentía placer por ayudar a sus amigos y que había aprendido a captar su estado de ánimo solamente con mirarlos. 
Él siempre estaba dispuesto a prestarles su oído, a acompañarlos adonde le pidieran o a brindarles ayuda incondicíonalmente. 
Pero después, con los años, se había vuelto más retraído, más desconfiado, y ya no era el mismo de antes. 
Una porción de sus amigos lo había defraudado, y habían quedado muy pocos en su vida. Creo que, poco antes de morir, llegué a culpar a mi socio, que fue mi mejor amigo, como causante de mi enfermedad. 
No solamente había contribuido para que me quedara en la calle, sino que se había dado el lujo de reírse de mí. Luego de escuchar su relato, Ariel le dijo: Vamos, te llevaré con Ezequiel, él es un maestro que seguramente te podrá dar la respuesta a lo que me estás contando. 
Ahora nos espera; tratemos de ser puntuales, y abre tu corazón y tu alma, porque sentirás dentro de ti toda la energía del amor universal, que cada uno de nosotros está dispuesto a brindarte. 
Ezequiel estaba sentado en una nube celeste, con bordes dorados. Era más bien gordito, con poco cabello, de tez rosadita. 
Llevaba puesto un colgante bastante especial. Cuando Francesco se acercó a Ezequiel se corrió y le hizo lugar para que compartiera su nube. Francesco pensó: “¿con tanto peso, no se caerá?” Ezequiel, leyendo su pensamiento, le contestó:Todo puede ser: las cosas son según como las pienses. ¡Si crees que la nube no te puede sostener, entonces no te sostendrá… todo depende de lo que tú creas!
Yo deseo tan poco últimamente, que, si la nube se cayera en este preciso momento, nada podría pasarme; total, morirse dos veces, no se puede. Por lo que te escucho decir, el miedo a la muerte no ha desaparecido; todavía te ha quedado algún apego a la vida, porque antes de subirte a la nube pensaste: ¿si se cae?… Todavía me cuesta adaptarme, aunque este cambio de morirme y trasmigrar a este plano ha sido totalmente positivo. Claro que te cuesta. 
Los cambios, así sean positivos, no dejan de ser un transmutar, no dejan de ser una muerte; la muerte de esos momentos, de esos ciclos concluidos. Cada mudanza, cada amor que se pierde, cada cambio de trabajo siguen siendo una muerte, y esos cambios traen aparejadas cñsis, que son tan necesarias para crecer, como es necesario el amor que te alimentará el alma. Pero, muchas veces, el miedo se apodera de las crisis y te hace dar vueltas en círculo sobre tu vida y no puedes encontrar el camino hacía las salidas. 
Todos quieren crecer, pero nadie quiere afrontar ningún tipo de crisis. ¿Sabes qué significado le dan los chinos a la palabra “crisis”? Significa oportunidad y peligro. ¿Cómo una palabra se puede contradecir tanto?No se contradice, simplemente tiene que ver con el modo que la entiendas; si es una nueva oportunidad, la aceptas, y el peligro que te puede traer es que te equivoques, pero va a ser una experiencia y nada más. 
En cambio, si no aceptas la oportunidad que se te presenta ante un nuevo cambio y te quedas sin actuar, sin arriesgarte a ponerla en acción, entonces el peligro va a quedar en tu mente, porque, al no enfrentarlo, algo dentro de ti te estará diciendo que eres un cobarde. 
Creo que, en algunos momentos, he sido un gran cobarde; mis miedos me paralizaron, me confundieron, me enfermaron. 
El miedo se apodera de ti cuando te encuentra falto de recursos, cuando te toma con la guardia baja. Primero empieza llenándote de dudas, después te crea ilusiones para que te evadas de la realidad y, cuando estás a punto de actuar, viene haciéndose el grande y el poderoso; te hace creer que eres débil y cobarde, te dice que es más fuerte que tú, te cambia la percepción de las cosas y te las muestra desde un lugar donde te hace sentir inferior e imposibilitado. Te proyecta al futuro con incertidumbre, se instala en tu mente, en el rincón más oscuro, justo ahí donde es difícil que lo encuentres. Te alerta todos los sentidos; es como el veneno del escorpión; una vez que entra en tu sangre, te va paralizando poco a poco hasta que te termina matando. Uno de los motivos por el cual hoy estás hablando conmigo fue el miedo, ese gran personaje que te acompañó en tus últimos años y te ayudó a que estés aquí. 
A mí me encerró entre cuatro paredes de un hospital, me hizo ponerme anteojos empañados de dudas y, entonces, mi visión de la vida cambió por una existencia triste e injusta. 
Empecé a caminar despacio, apoyándome donde podía, aunque lo que me sostenía no tuviera fuerza ni bases firmes; sin avanzar, me quedé muerto. 
Es que el miedo te hace ver enemigos donde no los hay; te hace creer que todos pueden rechazar tu compañía, y lo peor es que crea tanta violencia como la violencia misma. Hasta te puedo dar un ejemplo de esto: una mamá pierde a su hijo en un hipermercado; cuando lo encuentra, le grita y, por culpa del miedo, actúa con violencia, en vez de alegrarse por haberlo encontrado. Lo peor es que el miedo utiliza a las personas y las vuelve agresivas.
¿Entonces es un enemigo muy especial? 
La palabra “enemigo” para tí no puede ser la adecuada; yo diria que es un obstáculo al que podríamos manejar y utilizar para que nos ayude. Si tenemos el miedo en su justa medida, nos puede enseñar a ser previsores. 
Mira el mar, Francesco. ¿Cuántas veces has ido a la playa y no te has alejado demasiado de la costa, por miedo a ahogarte? 
Siempre fui muy prudente, me daba pánico nadar donde no hacía pie. 
Bueno, entonces el miedo te hizo ser prudente; una cuota chiquita de él está bien, pero no hay que darle lugar a que se agrande y te utilice. ¿Hay personas sin miedos? Sí, claro que las hay. ¿Sabes en qué lugar de tu mente se instala el miedo? Precisamente en el lugar de tu inconsciente, al lado de tus sensaciones. 
Si no te das cuenta, se empieza a alimentar con dudas y se transforma en una vocecita interior, que con toda naturalidad te dice: “no vas a poder”. 
O, si recurres a alguien en busca de ayuda, te susurra al oído: “te van a decir que no”. Entonces se apodera de ti, crece y un buen día se transforma en tu dueño. Pero él tampoco puede salir de dentro de ti. 
Hablas como si fuera un monstruo o un fantasma. 
No, no es un fantasma; es real. Como todo lo que te rodea en la vida, depende de ti transformarlo, dominarlo, superarlo, vencerlo. 
¿Y cuál sería la solución para sacárnoslo de encima? 
Tomar conciencia de que está en tu mente es el primer paso. Cuando te ataque, ponle un nombre y subestímalo; cuando salga con esa vocecita burlona, diciéndote que con él no puedes, abre otro canal interior y dile que no lo crees. Transfórmalo mentalmente en lo que quieras, hazlo chiquito, enciérralo o mándalo lejos de ti. No te estafes dándole poder; dominarlo es una reacción acertada. 
En este momento te diría que hay un solo miedo que perdura en mí -comentó Francesco en voz baja, casi con vergüenza. 
No te sientas avergonzado y dime cuál es. 
Todavía sigo pensando en mi familia; los extraño mucho y tengo miedo por ellos. Las condiciones en las cuales quedaron fueron bastante duras y quisiera saber si están bien. También me da miedo volver a verlos, porque me desesperaría no poder besarlos, ni compartir una charla con ellos. 
Bueno, bueno, Francesco, habrá cosas que no podrás hacer y otras que sí. Dame tiempo para pedir permiso al ser supremo para que los puedas ver. Te contaré qué puedes hacer desde este lugar. Ahora, relájate y piensa que las cosas no siempre son tan malas ni tan buenas como parecen. 
Yo hubiera querido no haber transmitido tantos miedos a mis hijos; siempre estuve con la palabra “cuidado” en la boca. Cuando le enseñé a mi hijo mayor a manejar, le decía: “¡cuidado al doblar, mira por el espejo, te van a chocar!” Un día comentó que no se sentía seguro para ir por la calle conduciendo, porque tenía la sensación de que todos los autos se le venían encima. ¡Cuánto miedo les transmití! ¿Qué sentirán ahora que yo no estoy?
Lo que les transmitiste quedó instalado, pero tal vez alguno de tilos se sienta molesto por algún miedo arraigado y luche hasta sacarlo. Ojalá que así sea.
Quédate tranquilo, están bien. ¿Tú los puedes ver?
Sí; llegará el momento en que los veas tú también.Te lo agradezco, Ezequiel. 
Veo que es la hora de atender a otro alumno. Ahí está, esperando; ¿quieres que me vaya?
Tú y yo tenemos tiempo, ¿por qué ese apuro? 
Me cuesta recordar que tengo el tiempo que deseo. Será que siempre viví apurado. 
¿No será que te pusiste a disposición del tiempo y no te diste cuenta de que él estaba a tu servicio? 
Sí pero, si sabes que alguien te está esperando, te impacientas y te quieres ir. 
Si la otra persona considera importante la espera, esperará; si no, se irá. Cuando te preocupas por el tiempo que pueden perder los otros, también tú pierdes el tuyo. 
Ezequiel, ¿podrás hacer algo para que pueda ver a mi familia? 
Si obtengo el permiso, mañana te daré una respuesta. 
Yohana Garcia.

https://maestrosdecorazones.wordpress.com/

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